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Multitudes en las calles, corcheas por todos sitios y el aliento de la libertad: todo eso es Leipzig

Lo averigüé horas más tarde, pero no podía ser de otra manera. Me apeé de mi tren y no tuve prisa en salir de la obra de arte de la ingeniería que era la estación central de Leipzig, la mayor de Alemania, y una de las mayores de Europa. Me moví por ella con el asombro disimulado que seguro compartiría con cualquiera ante lo ingente de la construcción, una auténtica obra maestra de la ingeniería: dos docenas de andenes de más de seiscientos metros de largo, centenar y medio de tiendas en las dos plantas de centro comercial bajo ellos, miles de trenes que salen y entran en un día cualquiera. Todo un canto al esplendor de la tecnología del siglo XIX, un aeropuerto de entonces que fue, también, arrasado por las bombas aliadas y que fue, también, reconstruido y mejorado hasta el más ínfimo detalle. La bienvenida me impresiona tanto como lo haría el que me la diera un aeropuerto de formas imposibles de algún emirato anclado, este sí, en el tiempo.

Desentumezco los sentidos, adormilados tras menos de una hora de placentero trayecto en tren desde Dresde, cruzando por el medio de la avenida, como veo que hacen -y sólo aquí en este país-, los habitantes de Leipzig. A unos pasos al frente de la puerta principal de la estación comienza el legado que he venido a descubrir: es la placa que pone Richard Wagner Strasse, y el símbolo de una corchea a mis pies. De todas las ciudades alemanas con las que tuvo relación, es Leipzig, su ciudad natal, la que más se vuelca en 2013 en festejar el bicentenario del nacimiento de Richard Wagner. Más de ciento treinta eventos relacionados con el compositor salpican el calendario por el que Leipzig se convierte en capital wagneriana del mundo -con permiso de Bayreuth-: desde representaciones de sus primeras óperas a la inauguración de un nuevo monumento a los pies del antiguo cuartel general de la extinta Stassi, pasando por exposiciones y remembranzas de todo tipo en sus escenarios vitales. Él es la razón de mi viaje aquí: buscar su rastro, seguir con mi periplo por la Alemania de Wagner.

Pero, con todo, no es solo por Wagner que Leipzig reclama y ostenta el título de capital musical de Alemania. Además del genial Wagner, aquí trabajó Johann Sebastian Bach 27 años como director de música, aquí Robert Schumann compuso su “Sinfonía de Primavera”, aquí estudio Edvard Grieg, y Felix Mendelssohn Bartholdy dirigió durante 12 años la orquesta de la Gewandhaus, que es, además, una de las mejores salas del mundo -muchos dicen que la mejor. Lo comprobaré in situ esa misma tarde, conmoviéndome ante Yoldi. Vista desde fuera, la Gewandhaus no pasaría de ser otra construcción racionalista soviética más, hija de su época -la mitad de la década de los Setenta del siglo pasado- pero, por dentro, la acústica es simplemente mágica. Es la tercera construcción que se levanta sobre el mismo solar: el primero se construyó a finales del XVIII, el segundo a finales del XIX y fue destruido por los bombardeos aliados de la II Guerra Mundial.

Gewandhaus de Leipzig, en 1900

La Gewandhaus en 1900…

Gwendhaus de Leipzig en 2013. Foto (c) Tu Gran Viaje

… y en 2013.

Paseo siguiendo las huellas en el pavimento que marcan las etapas de la Ruta Musical de Leipzig, un paseo urbano de cinco kilómetros que pone en valor los escenarios musicales de la ciudad. Contemplo las bellas y decadentes fachadas art-decó que se asoman al cementerio Alter Johannisfriedhof, donde están enterradas la madre y la hermana de Wagner, curioseo en las casas de Schumman, Bach y Mendelssohn, una muestra de los instrumentos musicales de Wagner en el Grassi Museum (el museo de instrumentos musicales mayor del mundo), visito en primicia la exposición que, sobre el joven Wagner, se inaugurará en unos días en la escuela de San Nicolás, en el centro de la ciudad, enfrente de la iglesia del mismo nombre, la NicolaiKirche, también relacionada con Wagner pero que hace gala de un honor aún mayor: el de ser escenario de las primeras protestas civiles que desembocaron, en 1989, con la caída del Muro de Berlín, cuando más de setenta mil personas llenaron las calles de la ciudad a los gritos de “Somos el pueblo” y “No a la violencia”. Pero de todos los lugares telúricos relacionados con la música que atesora la ciudad, creo que la ThomasKirche, la iglesia de Santo Tomás es el más importante. Wagner fue bautizado en ella y hoy, apenas a un par de metros delante -y otro por debajo- se encuentra la tumba de Bach. La iglesia se yergue aquí desde el siglo XIII y es, desde entonces, un lugar repleto de historia -no solo musical: Lutero predicó aquí a comienzos de la Reforma- y que es famosa en todo el mundo gracias a su coro infantil, el más antiguo de Alemania. Ese protagonismo de la música en la ciudad es algo confortablemente obvio. Me cruzo con docenas de jóvenes de todo el mundo, de todas las razas, cargados de violas y oboes, que reposan apoyados en las mesas de las terrazas de los cafés. Cada pocos escaparates hay a la venta una colección de partituras. Tiendas de instrumentos y librerías, carteles que anuncian uno y mil conciertos. Ese culto centro europeo a la alta cultura que tan bien me hace sentir en mis viajes.

Iglesia de San Nicolas de Leipzgi. Foto (c) Turismo de Leipzig

La iglesia de San Nicolás fue escenario de las primeras protestas populares que terminaron con el Telón de Acero

Y es que, a diferencia de lo que sucede con el centro de Dresde, el de Leipzig sí me parece más vivo, más disfrutable, más “mediterráneo”. Hay sol, así que las terrazas de la Marketplatz están a rebosar de gente comiendo y bebiendo. En la plaza se encuentra la vieja casa consistorial Alte Rathaus, uno de los edificios renacentistas más impresionante de Alemania, en la que se puede visitar una exposición del Museo Histórico de la ciudad (Stadtgeschichtliches Museum); y en la parte trasera se encuentra la antigua lonja de comercio Alte Handelsbörse y el monumento de Goethe. Yo, en cambio, busco las catacumbas: entro al pasaje comercial más famoso de la ciudad, todo un precursos de los actuales shopping malls, que es el pasaje Mädler, una joyita de comienzos del siglo XX que no puede negar -y no lo hace- el estar inspirado en las galerías Víctor Manuel de Milán. Allí, digo, bajo a las catacumbas, a la histórica Auerbachs Keller, la bodega que menciona Goethe, gran parroquiano del lugar, en su Fausto, y que es probablemente el restaurante más famoso de la ciudad y que presume de haber dado de comer a casi cien millones de personas desde su apertura en 1525.

Interior del Auerbacks Keller de Leipzig. Foto Turismo de Alemania

Si era bueno para el mismísmo Fausto, lo será para ti

Como te digo, hoy, un día cualquiera, Leipzig bulle: y sé que es siempre así. Extiende tus horas y piérdete por el Drallewatsch (zona alrededor del callejón Barfussgässchen), el barrio del teatro Schauspielviertel y los alrededores de la calle Gottschedstraße, por la la milla sur, la Südmeile, alrededor de la calle Karl Liebknecht Straße, y compruébalo tú también por ti mismo. Allí te espera la ciudad; y la que no, me dicen en el bar, está en el bosque fluvial de Auenwald, un cinturon verde de parques y canales que abraza Leipzig, tomando baños de sol. Yo pongo rumbo a la Gwendhaus, a conmoverme hasta las lágrimas con Chopin por Yoldi. Cuando termina, la noche acaba de comenzar en Augustplatz. También para mí.

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