1. Feliz cumpleaños, trotamundos


Los galgos grises de Clemente Corona - Tu Gran Viaje
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Aduanas abiertas, colas de huracanes y hoteles inasequibles: así saluda Boston al escritor freelance que sabe que, siempre, en cualquier lugar, le está esperando un bar abierto.

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– Pues sí, me voy tres meses de vacaciones.

– ¿Y en su trabajo le dejan?

– Sí.

– Ya veo. Lleva muy poca ropa para pasar tres meses de vacaciones, señor Corona…

Cierto. La bolsa de gimnasio negra, con la leyenda Por una juventud deportista venezolana serigrafiada, no pesa porque sólo guarda tres camisetas, dos pantalones desmontables comprados la tarde anterior en un hipermercado, tres pares de mudas, un pequeño neceser con apenas lo necesario para sobrevivir a un ataque de caries, una libreta y un Olivetti portátil del 86, comprado apresuradamente –tal vez muy apresuradamente, pienso mientras oigo cómo flota entre la bolsa semivacía- la madrugada anterior por 40.000 pesetas. La empleada de la compañía llama a un compañero que es tres veces más ancho y más alto que yo, pero sorprendentemente más amable; todo un dechado de amabilidad, qué demonios.

– ¿Por qué no ha dicho desde un principio que va a escribir una guía de viajes, señor Corona?

Porque a nadie le importa pero, sobre todo, porque la mujer que pegó en mi pasaporte un visado americano válido durante diez años –apenas un par de horas después de haberlo solicitado: tenían que irse a comer- me dijo que ni se me ocurriera trabajar. Si te agarran trabajando irás preso, me dijo.

Al llegar al JFK, la agente de inmigración que chequea mi pasaporte y mi billete de avión sin vuelta cerrada y un impreso a medio rellenar, como siempre, responde a mi “no tengo la menor idea de dónde me voy a alojar cuando llegue a Boston”, con un “ponga un Holiday Inn, los hay a millares”, y lo escribió por mí en el impreso. También me dice que sobre Boston está la cola de un huracán que amenaza con suspender todo el tráfico aéreo en Nueva Inglaterra, así que no me puedo extrañar cuando pierdo mi conexión. Como los empleados de la TWA se niegan a darme una explicación convincente y, sobre todo, a recolocarme en otro vuelo, no tengo otra que comportarme como un energúmeno. Voceo indignado. Me dan una plaza en un vuelo de American y me meten en un taxi a LaGuardia, junto con un matrimonio de abogados de San Juan de Puerto Rico.

En un bar del aeropuerto veo por televisión cómo Simeone echa a Beckham del Mundial de fútbol. Media hora después, contemplo desde el avión el rosario de islas que perlan la costa de Massachussets. Ni rastro de tormenta tropical: el sol es pecaminoso, y no puedo por menos que pensar en la suerte que tienen estos americanos de que su geografía no esté domada como la europea. Desde aquí arriba, veo, como en una canción de Irving Berlin, miles de lagos, de islas, de bahías, de bosques, de ríos; cualquier subafluente de medio pelo tiene la anchura del delta del Ebro, y eso conlleva infraestructuras -puentes, marinas, puertos- gigantescas. Y, de cuando en cuando, embarcaciones amarradas a embarcaderos de madera desde los que se asciende -supongo desde los miles de pies desde los que intento escrutar- a casas inmensas, buenos hogares americanos donde viven familias sobrealimentadas y confiadamente decentes. Me impresiona la sensación de riqueza en todos los aspectos, casi obscena, como la certeza de que está ahí para quien la quiera coger. Si a mí me impresiona, qué pensará un tipo que haya tenido la desgracia de nacer en el lado malo del mundo. No puedo ni imaginarlo.

Aterrizo en Boston y no tengo apenas la más remota idea de dónde diablos estoy y apenas de la razón que me ha traído. No sé el tiempo que voy a estar en Estados Unidos. Un compañero de la editorial lleva una semana en la otra mitad del país, con la misma misión que yo. Pero él sólo puede estar dos meses, así que hay muchas probabilidades de que me quede más tiempo para viajar y documentar las zonas que él no pueda cubrir. Me siento como un explorador, como un conquistador. La cantidad de territorio a investigar es simplemente inmensa, casi inconmensurable. Hace unos meses estuve en Canadá: ocho semanas de Nova Scotia a la isla de Victoria. Allí dependí del avión, pero en los Estados Unidos el autobús va a ser mi transporte. Y con tantos lugares por visitar… Y tan poco dinero… Va a estar jodida, la cosa.

Mañana cumplo veintiséis años. Tengo que buscar dónde pasar la noche.

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