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Entre las muchas razones para acercarse a la segunda ciudad de Portugal destacan sus famosos vinos. Quien los probó, lo sabe.

Futbolistas al margen, españoles y portugueses aún parecemos vivir de espaldas, como si la Península Ibérica fuera un Jano bifronte imposibilitado para cruzar sus miradas, y quizá no haya mucho que hacer al respecto hasta el día en que se cumpla la fábula de Saramago y este extremo de Europa se desprenda del continente para vagar por el Atlántico como una balsa de piedra.

Aparte de divagaciones metafísicas y seudoliterarias –escribo antes de comer, y quizá eso lo explique y me disculpe–, los de este lado de la frontera conocemos sobre todo Lisboa y las playas del Algarve, pero cada vez son más los que se dejan caer por Oporto, la segunda ciudad de Portugal, situada en la desembocadura del Duero, a tiro de piedra e ideal para pasar allí un fin de semana o un puente.

Oporto es peculiar y tiene personalidad, y eso ya es mucho en tiempos de ‘ciudades parque temático’, relicarios urbanos dedicados al turista y con menos vida que un ensanche de la burbuja inmobiliaria. Con un aire decadente (proliferan viejos, renegridos y hermosos edificios que parecen a punto del colapso) y callejas melancólicas y algo tristonas, el Portus Cale (origen del nombre de Portugal) de los romanos es también una urbe moderna repleta de garitos y tiendas vintage, que es lo que se lleva, y exhibe una gastronomía contundente (¡esos callos y ese bacalao!) y asequible.




Lugar Patrimonio de la Humanidad

La lista de atractivos de Oporto es amplia: parte del centro y del casco urbano fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, muchas calles deparan rincones especiales al paseante, la ribera del Duero ofrece un delicado espectáculo y hay edificios y lugares de mucho interés, como la Casa de la Música, la catedral, la Estación de San Bento o la deliciosa librería Lello e Irmao, obligatoria para quien guste del viejo arte de perderse entre libros.

Sí, en Oporto hay mucho que ver, pero también que beber, y ahí quería llegar yo, si es que alguien me ha seguido hasta aquí. Todo el mundo conoce el vino de Oporto, y quien más quien menos limita erróneamente su consumo a las abuelas –¡siempre con unas pastitas!– y los viejos caballeros ingleses de narices coloradas, pero pocos saben que este caldo mágico es fruto de la violencia y el azar.




Otro Oporto, por favor

En 1678, la guerra entre Inglaterra y Francia privó a los comerciantes ingleses de su acceso a los apreciados vinos franceses. Ante la intolerable perspectiva de una vida sin ese mosto sagrado, los isleños dirigieron su beoda y codiciosa mirada a los vinos de los portugueses, sus aliados tradicionales. En concreto a los del valle del Duero, cuyas uvas eran fácilmente transportables por vía fluvial hasta Oporto, sede de numerosas bodegas que aún hoy existen.

Fue solo la primera parte de la historia. Los vinos portugueses se estropeaban en los largos trayectos marítimos, y para remediarlo algún genio de la alquimia enológica decidió añadir brandy al vino cuando este se encontraba en el proceso de fermentación, deteniendo este y conservando de paso la dulzura original de la uva de la tierra y un alto nivel de alcohol.

Había nacido ese vino oscuro y dulce que llamamos oporto y, con él, toda una industria que concentra sus mejores bodegas en la pequeña ciudad de Vila Nova da Gaia, justo enfrente y a la vista del casco viejo de Oporto, al otro lado del ancho Duero.

El Gran Viajero no debería dejar de visitar alguna de esas bodegas (Ramos Pinto, Sandeman y Ferreira son las más célebres), donde se explica el proceso de elaboración del vino y las visitas guiadas se cierran con la degustación de un par de copas de oporto, una de tinto y otra de blanco (que también lo hay). Después, y quizá con algún trago más de propina, volverá a cruzar el Duero, algo mareado pero feliz, y seguirá deambulando por las tortuosas calles de la capital del norte de Portugal.


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