La Riga modernista


Vivienda modernista en Riga
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Un paseo relajado por la capital de Letonia nos descubre una de las colecciones de arquitectura más desconocidas de Europa.

Durante las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX, la mayor parte de las grandes ciudades europeas fueron objeto de un “ensanchamiento” que supuso, en la mayor parte de los casos, el derribo de las antiguas murallas medievales que aún se conservaban con el fin de facilitar su expansión más allá de los muros, así como convertir la zona dejada libre por su derribo a nuevos paseos y avenidas.

Riga, en aquel momento controlada por la Rusia de los zares, pero ya viviendo los primeros movimientos nacionalistas e independentistas, no fue menos. Coincidiendo con un gran momento de desarrollo económico se iniciaron las reformas urbanísticas que llevaron a la creación del actual Canal Pilsētas, el parque que sigue el trazado de las recién derribadas murallas y donde se construyeron la Universidad, la Ópera Nacional y el Teatro Nacional; y más allá del canal se emprendió la construcción de nuevos barrios.

En aquel momento el estilo arquitectónico que había imperado en Europa, inspirado en la antigüedad, empezaba a dejar paso a otro más ágil y moderno, el art nouveau o modernismo, y por tanto el preferido de los arquitectos encargados de sacar adelante el nuevo proyecto urbano. Entre aquellos artífices destacan Eižens Laube (1880 – 1967), Konstantīns Pēkšēns (1859 – 1928), Aleksandrs Vanags (1873 — 1919) y Mihail Eisenstein (1867—1921), cuyo hijo Sergei se convertiría en uno de los directores de culto más famosos de la historia del cine, principalmente con su filme El Acorazado Potemkin. Para el cotilleo, decir que mientras el padre, políticamente, se decantó por la derecha y se enroló en la liga anticomunista del Ejército Blanco, el hijo participó activamente con el Ejército Rojo en favor de la Revolución Rusa. Mihail acabó sus días refugiado en Berlín (julio de 1921), mientras Sergei se convirtió en uno de los directores de referencia del cine mundial.

De aquellos años de esplendor hoy nos vamos a encontrar, principalmente en las calles Alberta, Elizabetes y Strēlnieku, un conjunto de obras realmente interesante, a pesar de que en bastantes casos su estado de conservación deja mucho que desear, ya que los estragos causados por el tiempo y el abandono no han sido reparados. No obstante, hay otros muchos edificios que han sido recuperados y que hoy lucen con su mejor sonrisa sus bellas fachadas. Será un paseo tranquilo que nos irá deparando fachadas recién recuperadas y luciendo toda su belleza junto a otras desgastadas por el tiempo y el olvido. Pero siempre, manteniendo su espíritu primitivo, pues si es posible quejarse de cierto descuido también hay que admitir que apenas, por no decir nada, este urbanismo se ha visto alterado por construcciones posteriores o simplemente para dejar paso a nuevas obras que habrían producido una alta rentabilidad para los promotores.

Nuestra debilidad es un cine en el nº 61 de la Elizabetes Iela, aún en funcionamiento y con una bellísima decoración que se ha mantenido intacta con el paso de los años. Ya más didáctico y visual es el museo del romanticismo (Rīgas Jūgendstila muzejs) creado en la planta baja de un edificio de 1904 (Alberta iela, 12) del arquitecto Konstantins Peksens y reconstruyendo el interior de una vivienda de aquella época. Más curioso y emotivo es el museo que hay en la última planta del mismo edificio dedicado a dos grandes figuras del arte letón: el pintor Janis Rozentāls (1866-1916), retratista y paisajista con ciertas influencias del impresionismo, y el escritor Rūdolfs Blaumanis (1863–1908), periodista y novelista destacado del realismo letón. Era la vivienda familiar de Janis Rozentāls, quien residía en ella junto a su mujer, la mezzo soprano Elija, e hijos y que además le servía de estudio, pero donde durante los años 1906 a 1908 estuvo alquilando una habitación dentro de la propia casa a Rūdolfs Blaumanis, en un intercambio donde la economía era tan importante como el arte. Un museo pequeño, incluso pobre, donde todo el encanto radica en su valor sentimental y el cariño con que es atendido.

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