Saltando en la Calzada del Gigante


La Calzada del Gigante. Foto © Carmelo Jordá.
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No hay nada que le de más sabor a un lugar que una buena leyenda, y las mejores son las que explican de forma sencilla la construcción o la creación de algo que de otra forma nos resulta poco menos que incomprensible. Así, es mucho más bonito pensar que el Acueducto de Segovia lo construyó el diablo en una noche; y también me gusta mucho más la idea de que fue la rivalidad entre Finn y Bennandoner –dos goliats que se enfrentaban desde las costas Escocia e Irlanda del Norte– lo que dio lugar a la Calzada del Gigante.

Sin embargo, lo cierto sea que el Acueducto se debe a la aburrida –pero no por ello menos impresionante- eficacia funcionarial de los romanos; y que la Calzada del Gigante es fruto de un inusual pero natural fenómeno volcánico. Aún así, cuando uno llega a ese rincón de Irlanda del Norte y contempla las miles de columnas casi puede ver a Finn –el gigante norirlandés- triscando por allí a saltos descomunales. Pero dejémonos de leyendas y vayamos a lo importante de todo esto: la propia Calzada del Gigante, uno de esos lugares que impactan a largo plazo, de los que el viajero se acuerda mucho después de haber vuelto a casa. Una de esas atracciones turísticas mundialmente famosas que por mucho que la conozcas después de haber visto miles de fotografías y docenas de vídeos no decepciona.

En lo mejor de Irlanda

Algunas cosas ajenas contribuyen a ello: por ejemplo que se encuentra en un tramo maravilloso de la costa norirlandesa, cerca de lugares casi igual de increíbles como el castillo de Dunluce o, distinto pero también con un encanto único, el puente de Carrick-A-Rede. Así que antes y después de visitar la calzada ya vendrán disfrutando de una zona espectacular, que les colocará en el estado de ánimo perfecto para esta extraño y fascinante lugar.

Para llegar a la Calzada hay que parar en el gran parking del centro de visitantes que se ha construido un poco más allá. También resulta un edificio interesante, obviamente a otro nivel, con su arquitectura moderna inspirada en las columnas hexagonales de negro basalto, como no podía ser de otra forma. Información, una atractiva tienda y un incesante ir y venir de viajeros completan el lugar en el que, por ejemplo, pueden aprender la historia del barco de la Armada Invencible que, como otros muchos por toda la costa oeste irlandesa, fue a varar justo en este tramo mágico en el que los pobres supervivientes a buen seguro debieron atribuir su desgracia a algún encantamiento de esas extrañas y endemoniadas rocas.

Desde el centro hay todavía un tramo hasta la Calzada que puede recorrerse a pie o en un autobús que va realizando trayectos de ida y vuelta sin parar. Son entre cinco y diez minutos y les recomiendo caminar, al menos en la ida que es cuesta abajo: así irán acercándose y viendo desde lejos la increíble acumulación de columnas que forman la Calzada. A esa distancia de unos cientos de metros tiene algo de enorme ser vivo –o más o menos vivo- que estuviera medio sumergido en el mar, incluso según como se mire hay momentos en los que no queda claro si son las olas las que bañan las columnas o ese gigantesco animal de aspecto mitológico el que agita la superficie marina con su respiración.

La Calzada del Gigante. Foto © Carmelo Jordá.
La Calzada del Gigante. Foto © Carmelo Jordá.

La Calzada del Gigante, un lugar de leyenda

La Calzada propiamente dicha tiene varias zonas en las que las columnas –realmente sorprendentemente similares unas a otras, como un único objeto repetido miles de veces que en algunas de las copias tuviese pequeños defectos- se agrupan de formas diferentes: aquí dan lugar a un dibujo casi plano, allí forman algo parecido a una pequeña pirámide por la que los turistas suben y bajan como por una extraña escalera, más allá un grupo se eleva diagonalmente para crear una estructura alta y un tanto agresiva…. Cada parte tiene su propio encanto y nos ofrece una perspectiva distinta de las columnas y de las demás zonas. También la luz del sol y el agua van cambiando lentamente cada una de las formaciones rocosas, de modo que la Calzada entera va mutando ante nuestra vista si tenemos la paciencia suficiente para ir observándola con tranquilidad.

Yo tuve la suerte de visitar el lugar bajo un espléndido sol, pero también debe ser maravilloso bajo la lluvia y, sobre todo, lo imagino perfecto en el típico día irlandés en el que sol y lluvia se alternan varias veces en una mañana. Si el tiempo es más inestable quizá eso también les permita disfrutarlo con algo menos de gente, aunque en realidad el ir y venir de turistas tampoco resulta molesto porque, de alguna forma misteriosa, se diría que se derraman con cierto orden por todo el lugar sin llegar a llenar demasiado ninguna parte concreta.

It’s warning time!

Es hora de una advertencia: quizá al llegar les parezca que la famosa Calzada del Gigante no es para tanto, que aquello no es tan grande, que a lo peor han exagerado un poco… No se preocupen, sigan su visita, caminen o mejor aún trisquen de piedra en piedra, suban y bajen por las complicadas escaleras naturales que el azar volcánico creó; contemplen cómo en algunas partes las columnas se hunden en las olas mientras otras se elevan como tubos de un órgano sobrenatural; disfruten del sol si tienen esa suerte, pero también del frío y la lluvia si no hay otro remedio.

Déjense atrapar, es cuestión de minutos, no necesitarán mucho más de un cuarto de hora para darse cuenta de que quizá puedan parecer pocas, pero hay miles y miles de columnas; de la maravilla que es esa forma geométrica repetida casi hasta el infinito; de que será cosa volcánica, sí, pero aquello más parece el trabajo de un gigante enloquecido y genial. Se darán cuenta, en definitiva, de por qué la Cazada del Gigante es un lugar de leyenda.

La Calzada del Gigante. Foto © Carmelo Jordá.
La Calzada del Gigante. Foto © Carmelo Jordá.

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