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En la Comarca de La Vera, tierra de acogida para emperadores moribundos y soldados caídos, se encuentra uno de los lugares históricos más desconocidos de Extremadura: el cementerio alemán de Cuacos de Yuste.

La mayoría eran flamencos, algunos españoles había entre ellos y hasta un alemán. Dos cocineros, tres panaderos, un encargado de la cava (el agua y el vino), un cervecero, un tonelero, un pastelero, un salsero, un frutero, un gallinero, un cazador y un hortelano –todos con sus respectivos ayudantes– daban de comer a Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, emperador y rey, dueño de medio mundo por herencia y conquista, avejentado, enfermo y retirado en un sobrio palacete que se hizo construir junto al monasterio jerónimo de Yuste, en La Vera cacereña, hoy un lugar hermoso y tranquilo y hace 450 años un paraíso solitario poblado por almendros, naranjos y olivos que continúan mirando al norte los picos de la sierra de Gredos.

El rey fue siempre de mucho comer y beber, y en esa materia murió con las botas puestas, aunque no de tanto ponérselas. Una dolorosísima gota lo había confinado en una silla de madera que aún hoy puede verse en las estancias de su morada extremeña, y sentado en ese humilde mueble lo acarrearon para su último viaje de Laredo a Yuste tras llegar en barco desde Flandes, que sería cosa de admirar un cortejo de 150 sirvientes y acompañantes, más 90 alabarderos de propina, arrastrando por Castilla al señor de vidas y haciendas, postrado en un artilugio que más parece potro de tortura que otra cosa.

Cementerio alemán de Cuacos de Yuste. Monasteior de Yuste © Francisco Jodar. Tu Gran Viaje
Monasterio de Yuste. Foto © Francisco Jódar

Ni la falta de dientes, que le impedía masticar bien y convertía las digestiones que seguían a sus pantagruélicas comidas en una trabajosa tortura, ni las hemorroides que lo martirizaban (para combatirlas, los médicos le desaconsejaron beber cerveza, pero Su Majestad nunca dejó de hacerlo, y por litros) fueron obstáculo para el ansia de comer y beber del primer Habsburgo en la corona española, que acabaría muriendo a las dos de la madrugada del 21 de septiembre de 1558, víctima del paludismo, enfermedad muy frecuente por entonces en La Vera.

El emperador había dejado el mundo en un paraje apartado, sosegado, bellísimo, ideal para el reposo de sus restos, que sin embargo acabaron en el panteón real de El Escorial, el intimidante edificio levantado por voluntad de su hijo Felipe II. Sin embargo, otros han encontrado allí un inesperado lugar para el descanso eterno: apenas a cien metros del Monasterio donde acabó sus días Carlos V, en la carretera que sube hasta allí, se abre a un lado del camino un espacio íntimo que sorprende por su calma y lacónica belleza a muchos de los que acuden a conocer la última morada del monarca.

Cementerio Alemán de Cuacos de Yuste. Foto © Francisco Jódar | Tu Gran Viaje revista de viajes y turismo
Cementerio Alemán de Cuacos de Yuste. Foto © Francisco Jódar

El cementerio alemán de Cuacos de Yuste

Es el cementerio alemán de Cuacos de Yuste, donde yacen entre olivos y césped bien cuidados 180 aviadores, marinos y soldados germanos caídos en las Guerras Mundiales (26 de la Primera y 154 de la Segunda) que llegaron a las costas y tierras de España tras el derribo de sus aviones y el hundimiento de sus submarinos y navíos en nuestro territorio o cerca de él. Cada uno tiene su cruz de granito oscuro en la que figuran su nombre, rango y fechas de nacimiento y muerte, y ocho lápidas señalan la sepultura de otros tantos hombres de identidad desconocida. Todo invita a la reflexión del visitante, tal vez algo estremecido por el contraste entre la naturaleza humanizada y amable de la Comarca de la Vera y la juventud de los muertos, atestiguada por la desnuda y escueta información disponible sobre sus vidas truncadas.

 

Cementerio Alemán de Cuacos de Yuste. Foto © Francisco Jódar | Tu Gran Viaje revista de viajes y turismo
Cementerio Alemán de Cuacos de Yuste. Foto © Francisco Jódar

El Campo Santo surgió a iniciativa del Volksbund Deutsche Kriegsgräberfürsorge (Comisión de Conservación de Tumbas Militares Alemanas), un organismo existente desde 1919 que se encarga de su mantenimiento. Esta institución decidió en 1980 reunir a todos los soldados alemanes de las Grandes Guerras repartidos por varios cementerios de España. Tres años después, los cuerpos estaban ya en su destino junto a la villa de Cuacos de Yuste, una ubicación apropiada por el recuerdo de un emperador de Alemania que eligió retirarse a morir allí.


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