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Una de las ciudades más cool del mundo entero: eso es la capital bávara, donde el fantástico modo de vida alemán alcanza su apogeo. ¡Prost!

Mi viaje #EnTrenConDB llega a una ciudad que es el epítome de Alemania, ese Munich que tanto gustaba a Julio Camba y donde incluso un viajero experimentado repara en la sensación física de prosperidad. No son solo, que también, el inmenso parque móvil de coches de alta gama -no puede ser menos en la capital de la BMW- sino, también, en las masas que llenan los restaurantes y las tiendas y las terrazas y los comercios gourmet pero, también, o sobre todo, las salas de exposiciones, las librerías de segunda mano o las surtidas tiendas de discos. El maypole se yergue esplendoroso en la plaza del Viktualienmarkt, como lucía el año pasado, en mi última visita, cuando aún no sabía -cómo iba a saberlo- que mis pasos me traerían de nuevo a un Munich que, las cosas como son, me pasma y me asombra y me encanta, tres sensaciones que también vivía Camba, y es que no puedo evitar mirar, aunque solo sea un poquito, la ciudad a través de sus ojos. Y como ya he estado en la ópera, y me he retratado ante el trofeo de la Champions League horas antes de la final de 2012, y me he paseado por el recinto de la Oktoberfest y visitado su museo, y he contemplado las evoluciones de las marionetas del Glockenspiel del ayuntamiento de la MarienPlatz, me puedo dedicar a buscarle las vueltas a otro Munich, más intenso, menos concurrido, igual de interesante. Y es que por algo será que las revistas de tendencias encumbran a Munich un año sí y otro también como uno de los mejores lugares del mundo para vivir.

Surfeando en el parque

Gracias a la ley de pureza con la que se elabora la cerveza en Baviera -es una cerveza ecológica, vaya-, puede decirse que las resacas no existen pero, si fuera necesario despejarlas, no se me ocurre nada mejor que ir al Jardín Inglés -el mayor pulmón urbano de la ciudad-, y romper la famosa ola de medio metro del río Isar en la que los muniqueses matan sus ansias de surf -y es que la playa adecuada más cercana está a ochocientos kilómetros. En determinadas épocas del año -desde mayo a pocos días antes del comienzo de la OktoberFest- es posible descender por este tramo del río a bordo de una lancha maderera, y es posible alquilar una tabla y un traje en Santo Loco (Eisenmannstraße, 4)

De compras en Munich

Cuando se trata de shopping, Munich tiene de todo, y para todos los gustos y presupuestos. Tratándose de una de las ciudades más prósperas del mundo, la colección de firmas y nombres que copan los mejores locales de las calles más señoriales es casi infinita. Hay alta costura en Maximilianstraße, Theatinerstraße, Residenzstraße y Briennerstraße; grandes almacenes y franquicias internacionales en el centro, alrededor de Marienplatz; tiendas trendy en los barrios de Gärtnerplatz y Glockenbach… ¿Mercados? El Viktualienmarkt, el más famoso, es un festín para los sentidos -especialmente el paladar-; y si lo que te gusta es rebuscar entre tenderetes y encontrar auténticos tesoros -¿y a quién no?-, date una vuelta los sábados por el Flohmarkt Riem: puro paraíso vintage. ¿Te has gastado todo en cerveza? Entonces, aprovéchate de las gangas del barrio turco, alrededor de la estación central de autobuses (en Goethestraße).

Meca hipster: los barrios Glockenbach y Gärtnerplatz

Aunque el barrio de Westend se lo está comenzando a discutir, el de Glockenbach sigue siendo el lugar más trendy de la ciudad. Mucha cafetería eco, mucho comercio bio, ambiente neo-bohemio y mucha librería de prensa internacional: ¡carne de Instagram! Y por las noches, más: desde rock hasta house, desde un ambiente relajado hasta la fiesta más loca; un bar le sigue al otro, un club al siguiente. Tomar algo en el café Glockenbach (Mullerstraße, 49) o simplemente sentarse al sol en la Gärtnerplatz, la coquetísima plaza que es el centro del barrio y hub gay de la ciudad, es garantía de comenzar a soñar con la idea de hacer las maletas y mudarse a Munich. Y si además pruebas los bocatas de lomo acompañados de una copa de cava del Palau (Thalkirchnerstraße, 16), un local que parece -es- la cocina de una casa barcelonesa, ni lo dudarás.

¡A los barracones!

La cultura importa, y mucho, en Alemania, y no es Munich una excepción. De todos los tópicos alemanes que Munich hace buenos, uno de los más divertidos es el recuperar para la cultura cualquier espacio urbano, sean edificios de oficinas en desuso, antiguos barracones del ejército, viejos edificios industriales, plantas eléctricas abandonadas… En los Hallekultur de Munich cabe de todo -perfomances, música en directo de cualquier estilo que imagines, exposiciones…- y caben todos -si no hay una tribu urbana en Munich, es porque no existe. Hazte una idea de ello en Neuram (Arnulfstraße, 17), un antiguo refugio anti-aéreo bajo la estación de autobuses reconvertido en discoteca donde lo que retumban no son las explosiones de las bombas y sí los golpes de caja del mejor techno y trance de la ciudad. O date una vuelta por el Atomic Cafe (Neuturmstraße 5), una locura de sitio, o el Muffatwerk (Zellstraße, 4), la sala de la ciudad en la que hacen escala todas las giras. Si prefieres algo más relajado, el café-librería-anticuario Kunst & Textwerk (Ligsalzstraße 13), en uno de los barrios de moda, el Westend, como prefieras- te espera para arrullarte con un libro y un caffe latte.

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Comer en Munich

Claro que puedes -y debes- darte un homenaje de weisswürte -salchichas blancas de ternera, sin piel y con mostaza dulce, acompañadas de inmensos pretzels-, o simplemente tomar “el aperitivo”, que en Munich es el inacabable brotzeit -una fuente de madera a rebosar de embutidos, quesos y ensaladas-. Cualquier, pero las opciones para comer son infinitas. Hay desde templos operados por grandes chefs bendecidos por la guía Michelín a locales íntimos con mucho encanto, como el Café María (Klenzestraße, 97), o el vegetariano de moda, el Prinz Myshkin (Hackenstraße, 2), a cervecerías típicas e ineludibles, como la legendaria Hofbraeuhaus (Platzl, 9), que lleva dando de comer a los muniqueses desde hace cuatro siglos y que es, en sí misma, un espectáculo: hasta tres mil comensales al tiempo y los parroquianos abriendo las jaulas que guardan sus jarras forman una escena realmente distinta.




La penúltima

No te perdones el último block de cerveza. Escóndete de las masas en cualquiera de los más de seiscientos biergarten -”jardines de cerveza”- diseminados por Munich. Terrazas en las que se sirve cerveza y comida, donde todos comparten mesas con todos, y que pertenecen a empresas, asociaciones vecinales, instituciones… El de la marca de cerveza Augustiner es el preferido por Tom Cruise, pero tampoco están nada mal el de la Torre China del Jardín Inglés -el más agradable de todos-, o el del Victualsmarkt. Tras este viaje, nunca se me olvidará que “salud”, en alemán, es Prost. Palabra.




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