Europa acaba, también, en el Delta del Danubio. Viajar es conseguir otear la historia de un continente en una de sus últimas tierras vírgenes.




Hoy, todos los países luchan por atraer más viajeros, y no cejan en su empeño de buscar nuevas rutas y nuevos destinos. Entre estos nuevos destinos, los preferidos en los últimos tiempos son los parajes naturales, y más de aquellos, lugares en los que el viajero se sienta protagonista al ser uno de los primeros en hollar unas tierras hasta hace muy poco relativamente vírgenes, o al menos desconocidas para el gran turismo. A este respecto, Rumanía amplía su atractiva oferta con la inclusión, entre las rutas por el país, de un crucero por el Delta del Danubio, una zona que hasta ahora había estado prácticamente olvidada y que por ese motivo se presenta como un lugar a descubrir.

 

El Delta del Danubio | Tu Gran Viaje

 

Decimos olvidada, pero con ello sólo queremos referirnos al turismo, ya que durante los años de la dictadura de Ceauşescu se puso en marcha un proyecto con el fin de dragarle y convertir las tierras en zonas de cultivo intensivo. Afortunadamente, el proyecto no salió adelante y el parque comenzó su recuperación como paraje natural al ser incluido por la UNESCO en 1991 dentro de su catálogo de Patrimonio de la Humanidad y en 1998 reserva de la Biosfera.

 

Pescador de Chilia Veche, en el delta del Danubio, Rumanía
Pescador de Chilia Veche, en el delta del Danubio, Rumanía

 

Hoy se presenta como un destino por explorar, donde comienzan a surgir las primeras infraestructuras y los primeros circuitos. Uno de los más interesantes es el que se realiza en barco desde Tulcea por ese gran delta cortado por tres grandes canales, comunicados entre sí por otros muchos más pequeños a veces formando lagos. Son el Chilia, al norte, marcando la frontera con Ucrania; el Sulina, la zona que concentra el mayor número de visitas turísticas ya que es el brazo navegable, y el San Jorge (Sfântu Gheorghe).

 

El Delta del Danubio | Tu Gran Viaje | Diego Delso, delso.photo, License CC-BY-SA
Diego Delso, delso.photo, License CC-BY-SA

 

Sabido es que el crucero en barco no deja de ser el acercamiento más turístico, pero justo es decir que va acompañado de una gran aura de romanticismo: ese lento desplazarse por las aguas del mítico Danubio cuando llega al final de su viaje por Europa es algo que no puede dejar indiferente, más cuando su apacible discurrir le confiere un aspecto de mar en calma que invita a la ensoñación. El viajero se deja ir, se adormece, acunado por el vaivén del barco, pero de repente algo llama su atención y su vista se esfuerza en concentrarse aquí en la aparición de un grupo de cormoranes enanos, allí de una colonia de pelícanos blancos, una bernacla de cuello rojo que levanta el vuelo… Mientras, las orillas unas veces ocultas por los árboles y otras mostrando solitarias granjas son una invitación a dejar los ojos vagar a su capricho, sin nada en la mente, y el viajero lo único que quiere es dejarse llevar, luchando a veces por mantenerse atento e intentando captar con su cámara esas imágenes imposibles de retener en otro lugar que no sea la memoria. No vale la pena luchar contra ese dulce letargo: la indolencia del Danubio al final de su viaje se contagia y lo mejor es abandonarse en sus brazos.