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Nueva York Foto (c) Tu Gran Viaje
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Los Galgos Grises. Capítulo 7

Sí, Estados Unidos me fascina, pero en este viaje, lo más importante es el mero acto de viajar. Carretera adelante, resguardado, sin prisa. Sin necesidades imperiosas de ver monumentos o escenarios históricos. Dejar que la carretera se abra a los lados para escuchar mis más íntimos pensamientos, mientras mis sentidos se relamen en el zumo de América. Es el país perfecto porque casi nada te distrae de viajar, lo mejor que un ser humano puede hacer en esta vida. Moverse. Pudrirse y relamerse las heridas, cualesquiera que sean, en estaciones de autobuses perdidas en los mapas, donde aunque el cielo nocturno estuviere despejado no sabrías cómo orientarte. Dar conversación a los viejos, a las señoras, a los tipos con dos cervezas de más. Flirtear con feas y con guapas. Meter las manos en los bolsillos y echar a andar, sin preocuparse de ése templo de aires ingleses donde alguien está cambiando la leyenda del letrero, y saboreando anticipadamente ésa Bud fría que vas a tomar en el local del neón que está un poquito más adelante. Viajar: empaparse, fijarse en todo, captar conversaciones entrecortadas y dejar que el futuro sea decidido por la intuición que, afortunadamente, no siempre es buena. Sentarte en el banco de algún parque mirando al horizonte y preguntándote qué habrá al otro lado de ése lago que es como el mar, o ése mar que es cómo el lago. El autobús es un útero, el útero, y lamentas que llegue a su destino, porque no te bajarías jamás de él y estarías hasta la eternidad viendo como los coches japoneses te adelantan, salpicando de agua el bus como si lo estuvieran bautizando. Y a mí con él, llevándose todos mis pecados, y dejándome virgen para que América se meta en mí y lamente el resto de mi vida no estar en movimiento perpetuo.

El galgo ha corrido rápido en cuanto he dejado Nueva Inglaterra. No eran las carreteras sin tráfico de Vermont ni la tristeza acogedora de Portland ni la exuberancia, casi edénica, de los montes de New Hampshire, un lugar de pecaminosa belleza donde los jeeps de los urbanitas cohabitan con desvencijadas camionetas de abuelos que parecen recién desembarcados del Mayflower. En absoluto. El tráfico es demencial, y lo es porque cruzamos el corazón de la Megápolis, la franja urbana que se extiende, casi sin interrupción, de Boston a Richmond: más de seiscientas millas de edificios y parcelas verdes, de fábricas pesadas y contaminación. Todo a ambos lados de uno de los cordones umbilicales de América, la mítica autopista I-95, que acaba en los Cayos, allá en Florida.

El galgo ha entrado en la Gran Manzana por donde más podrido está el cesto: el Bronx. Los edificios de apartamentos son altos, hechos polvo e impersonales; eso, cuando no han sido reducidos a escombros negros y carcomidos, y en las calles que se asoman a esta por la que vamos, no hay más que algún coche viejo aparcado o, simplemente, abandonado. Las calles tienen baches, y el conductor del galgo los sortea con desigual fortuna. Me vuelvo, y constato que no soy el único que apoya la cabeza en el cristal: esto no se ve desde los buses turísticos. Una pesadilla urbana de quince minutos, en la que pasean pocos viandantes, que parecen zombies de algún videojuego. El galgo se mete en Harlem. Hileras de docenas de casas victorianas. Muy bien cuidadas. El galgo cede el paso a un bus de dos plantas desde el que japoneses y fornidos europeos flashean esas fachadas. Por encima de la cabeza del chófer, aún no se ven las agujas redentoras del Bajo Manhattan.

En todos los sitios se lee y se recomienda no entrar en los servicios de la Port Authority, la gigantesca terminal de autobuses incrustada en Manhattan. La verdad, son tan cochambrosos y peligrosos como cualquier otros, pero no es para tanto. La estación es gigantesca y sucia, y los techos están repletos de carteles que conducen tanto al South Brooklyn, si en metro, como a la romántica Quebec, si en bus. Hay cajeros automáticos, homeless, tipos con un teléfono incrustado, carritos que venden de todo y público, mucho público que apenas sirve de aperitivo para la auténtica marea humana que fluye por la Octava Avenida, a un paso de la calle 42 y de Times Square. Cuánta gente y cuánto calor; gente que apenas se detiene más que para dejar pasar a los vehículos que salen de las deprimentes calles transversales que dan al Hudson, gente que no se detiene en las decenas de tiendas de recuerdos baratos, ropa de marca falsificada y artículos de fotografía. Y de los que se detienen, es imposible -o al menos para mí- saber si acaban de llegar de Minsk o son americanos de cinco generaciones. Por eso, sólo por eso y no por otra cosa, es tan grande este país.

Ralph me espera en la boca del metro vestido como si viniera de Flushing Meadows, y aunque supera la sesentena se mueve ágilmente entre los ríos de gente que llena los pasillos del metro. Con gracia, incluso. Se ríe por mi acento del demonio mientras le narro mis penas monetarias en Nueva Inglaterra, y endurece el rostro cuando le hablo del poco tiempo que tengo parar quedarme en la ciudad: no tengo que cubrirla para la guía. Aprecio mucho a Ralph. Su padre era ruso y su madre griega, y creció en Hell’s Kitchen, un barrio tan duro que la única alternativa que encontraron él y sus amigos a no acabar en el reformatorio fue, antes siquiera de afeitarse por primera vez, alistarse como voluntarios para ir a luchar a Corea. Sobrevivió, regresó a casa, estudió por la noche, se licenció como diseñador industrial, tuvo un bar en una de las calles Setenta durante unos años, se hizo medio rico invirtiendo en una prospección petrolífera en Arizona, se casó con una prima de una prima mía, se separó y se volvió a casar… Su vida es un compendio de saga de realismo mágico. Y él, una de las personas más inteligentes, con nuts, arrogante, pragmático y misántropo que he conocido. Salvo por todas esas virtudes, somos almas gemelas. Se carcajea cuando se lo digo. También se harta de decir, entre el churrasco y un vino asqueroso pero, eso sí, muy rojo y muy afrutado, que de Nueva York no le sacan ni a tiros.

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