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Si cada ciudad tiene un sonido, una banda sonora, está claro que Nueva York se mueve con la brillantez metálica de la canción con la que comparte nombre – por supuesto cantada por Sinatra-, no me vengan con herejías; mientras que Paris, por su parte, más bien se mece con las notas de una vieja chanson, un poco triste y, seguramente, en la voz de Edith Piaf.

¿Y Ginebra, que es de lo que vamos a hablar en este artículo? Yo diría que la ciudad suiza al borde del Lago Leman tiene una música más modesta, o quizá no: el tic tac de la maquinaria, perfectamente ajustada y prodigiosamente precisa, de un reloj. Qué digo de uno, de muchos relojes y casi todos de lujo, reflejos de lo que la propia Ginebra es como ciudad: pequeña, eficiente, un punto delicada y, a su modo, muy hermosa.

Claro, que puede que todo sean imaginaciones mías, fruto de años de contemplar escaparates en los que la palabra Geneve decoraba el fondo de preciosas esferas de maravillosos relojes que, ay, no podía, y no puedo, comprar. O puede que no y que, ensoñaciones musicales aparte y además de esa referencia casi mítica en tantos relojes, Ginebra sea una ciudad en la que a alguien al que le guste el noble y antiguo arte de la relojería tenga muchas cosas que ver y disfrutar.

En la calle y en la fábrica

Disfrutará, por ejemplo, de los escaparates de lujosísimas joyerías con lo último de lo último y lo mejor de lo mejor; pero también de pequeños talleres de reparación y venta de segunda mano en los que un amable artesano de los de antes, con su taller a la vista y una amabilidad a prueba de periodistas cotillas, pasa su tiempo entre pequeños mecanismos y grandes relojes de cuco.

Y aunque la mayor parte de las grandes firmas de relojería han establecido sus manufacturas en otras zonas de Suiza, el viajero también puede disfrutar en Ginebra de algo que, lo sé bien, fascina sobremanera a los aficionados: contemplar el increíble proceso, a medio camino entre lo industrial y lo artesanal, que se sigue para obtener esas pequeñas joyas de precisión.

Interior de Watchland, de Franck Mulloer

Interior de un taller de relojería de Ginebra

Por ejemplo en la Watchland de Franck Müller, el coqueto complejo a las afueras de la ciudad en el que se fabrican los cotizadísimos relojes de esta firma, de atrevidos diseños y complejísimas complicaciones –en relojería una ‘complicación’ es cada mecanismo que le permite al reloj completar una función, por ejemplo, el segundero o el calendario de días.

Allí es posible seguir los pasos que hacen que una sencilla caja de acero se convierta en un mecanismo extraordinario y bello que nos da mucho más que la hora. Observar el trabajo de los artesanos que se enfrentan, día tras día y semana tras semana, a piezas aparentemente imposibles de colocar entre ruedecillas, volantes y muelles minúsculos que, una vez en marcha, nos ofrecen ese sonido casi mágico: el rápido, exacto e imparable tic tac de un corazón mecánico e incansable.

Patek Philippe, una marca legendaria

Pero probablemente el templo para el aficionado a los relojes, el lugar imprescindible que le hará retorcerse de placer (y casi seguro que de envidia, no nos engañemos) es el excelente museo que ha puesto en marcha la que es, quizá, la más mítica de las marcas míticas de Suiza: Patek Philippe.

Ubicado en la que era la antigua manufactura de la firma en el centro de Ginebra, el Museo Patek Philippe (Rue des Vieux-Grenadiers, 7. Abierto de martes a viernes, de 14:00 a 18:00; sábados, de 10:00 a 16:00. Cierra domingos y lunes) se ha desarrollado con el buen gusto propio de un reloj clásico, y nos ofrece un recorrido no sólo por la historia de la marca sino por la de toda la relojería suiza.

Pero el festival se desata, lógicamente, con los modelos de la firma: pequeñas joyas de bolsillo pintadas a mano con reproducciones de grandes pintores, incluido Velázquez; complicados mecanismos embutidos en pequeños relojes de muñeca e incluso curiosidades como el reloj más caro y complicado del mundo -unos cinco millones de euros de nada- o uno hecho completamente de madera.

Si sabe de relojes le apasionará, si sólo le interesan aprenderá y si nunca se ha fijado en la historia y los detalles de estas pequeñas maravillas de la mecánica y la estética se llevará toda una agradable sorpresa. Como le sorprenderá Ginebra, estoy seguro, una ciudad que se mece al compás de ese tic tac relojero y de las pequeñas olas que el viento y el famoso chorro de agua levantan el en lago Leman.