Más allá de la silva: un viaje por Transilvania (I)


Panorámica del Castillo de Bran, en Transilvania. Foto (c) Ángel Ingelmo
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Una región que rompe todos los tópicos asociados a ella y que se nos descubre como uno de los últimos tesoros viajeros de Europa. así es Transilvania.

Transilvania es una tierra, “más allá de la silva”, que despierta en la imaginación del viajero toda clase de fabulaciones y, sobre todo, la de un paisaje de altas montañas en las que se yerguen sombríos castillos góticos. Pero es esta una imagen que no responde a la realidad, muy distinta, en la que los paisajes se definen por suaves colinas cubiertas de verde que recuerdan la apacible Toscana italiana y donde los pueblos, con sus altos campanarios descollando sobre las humildes viviendas, nos trae la imagen de la Alsacia. Entonces, ¿Podríamos definir su paisaje como una mezcla de Toscana y Alsacia? No, Transilvania tiene su propia personalidad, su propio carisma y su estilo.

Braşov, la ciudad más bella de Rumanía

Iniciamos el viaje en Braşov, una de las cinco ciudades más grandes del país, con un recogido casco urbano, de origen sajón, en mitad de un paraje de bosques y bajo la mirada celosa del Monte Tampa, que parece vigilar todos los pasos que se dan en la ciudad. Braşov es para muchos rumanos, y también visitantes, la ciudad más bonita del país, y lo cierto es que no les falta razón.

Su plaza principal, Piaţa Sfatului (Plaza del Consejo) concentra toda su animación y algunos de sus monumentos más importantes, como el ayuntamiento (Casa Sfatului), en el centro de la plaza, y a su alrededor una serie de viviendas de diferentes épocas, entre las que casi pasa desapercibida la portada neobizantina de la Catedrala Ortodoxa Sfanta Adormire a Maicii Domnului y que por un pequeño pasillo nos conduce a su interior.

La Piaţa Sfatului es el corazón de Braşov

Al lado, prácticamente, tenemos la principal obra religiosa de la ciudad: la Biserica Neagră (iglesia Negra), cuyo nombre hace referencia al color que le quedó tras un incendio sufrido en 1689. Data de los siglos XIV-XV y es una típica muestra del gótico alemán. Por un pasaje que sale enfrente de esta iglesia quemada, se llega a la Biserica Sfânta Treime (Iglesia de la Santísima Trinidad), cuya fachada no da a la calle porque cuando fue construida, finales del XVIII, por encargo de comerciantes griegos y rumanos los austriacos, en aquel momento controlando la zona, no permitían que los lugares de culto católico tuvieran una fachada hacia la calle.

La mejor forma de abandonar la Plaza es por la Stradă Republicii, una calle peatonal llena de terrazas que esperan al visitante para compartir mesa con los propios habitantes antes de acabar en el Parcul Central. Una curiosidad: una gran parte de los bares están en la primera planta, por lo que en algún momento pueden pasar desapercibidos.

Desde aquí, se invita a un nuevo paseo siguiendo el trazado ocupado por las murallas que se levantaron en el XV para protegerse de un posible ataque turco, y que fueron derribadas en el XIX para facilitar la expansión de la ciudad. Aún así se dejaron unas cuentas torres, que habían adoptado los nombres de los gremios que habían contribuido a su construcción: Thesătorilor (Tejedores), Frânghierilor (Cordeleros), Postăvarilor (Laneros), o bien el de su color, Turnur Alba (Torre Blanca), y Turnul Neagru (Torre Negra).

Dentro de las curiosidades de la ciudad, junto a la St Nicolae din Scheii, la catedral ortodoxa de Transilvania, hay una antigua escuela fundada en 1597 y ampliada en 1766 que sigue manteniendo su estilo primitivo. Con un poco de suerte se encontrará a un viejo profesor que pone un gran énfasis a la hora de explicar su historia y como discurrían las clases. Como punto final de la visita, habrá que utilizar el teleférico que desde la aleea Bradiceanu sube hasta el Monte Tampa, para contemplar la ciudad. Ojo, que también cabe la opción de subir andando.

Rumbo al castillo de Bran

Si hubiera que recomendar una excursión desde Brasov, ésta sería hasta Prejmer, un pueblo fundado por los sajones en el siglo XIII y donde se verá uno de los monumentos más emotivos de Transilvania: su iglesia fortificada, una obra gótica con bóvedas de crucería y protegida por una muralla en cuya parte interior un laberinto de escaleras y galerías de madera facilita el acceso a unos sencillos cuartos que eran utilizados por la gente para protegerse. Hay que entrar en alguno y, sobre todo, no dejar de ver la antigua escuela.

 

Iglesia fortificada de Prjemer, en Transilvania, Rumanía

Iglesia fortificada de Prjemer

El fin de nuestra primera etapa por Transilvania es en un lugar icónico: el castillo de Bran, asociado a la figura de Drácula -aunque no tenga nada que ver-, que con su silueta recortada sobre un alto en medio de un valle, es una de las imágenes más típicas y más promocionadas del país. El castillo nada tiene que ver con la figura de Vlad Ţepeş, pero nada puede evitar que hoy todo el mundo asocie su historia con la del temible Empalador. Todo se debe a que el escritor irlandés Bram Stoker se inspiró en el mito de Vlad Ţepeş para crear su personaje de Dracula, y en este castillo para situar la acción de su personaje. Los hechos históricos dicen que Vlad Draculea nunca residió en este castillo, lo máximo que pasara por aquí en algún momento de su vida. Vlad Ţepeş era el segundo hijo del gobernador de Valaquia, descendiente a su vez del mítico Mircea el Grande (Mircea cel Bătrân) y miembro de la orden del dragón, Dracul en rumano. Por cierto Dracul, también significa demonio, que va como anillo al dedo al mítico personaje. Vlad, tiempo más tarde adoptaría el nombre de Drácula, el hijo de Dracul. Luego ya todo es leyenda.

 

Patio del castillo de Bran, Transilvania, Rumanía

Patio del castillo de Bran

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