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Un barrio de Vilnius, en Lituania, es el único lugar del mundo donde su constitución recoge que tienes derecho a morir, pero no estás obligado a hacerlo. Ángel Ingelmo nos descubre una dimensión anclada en la utopía más real.

Užupis es una República independiente dentro de la capital de Lituania, Vilna (Vilnius para los lituanos), que fue proclamada el 1 de abril de 1997 y cuya constitución, con 41 artículos, ha sido traducida a varios idiomas y colocada a la vista de todo el mundo a lo largo de un muro. Entre esos artículos:

1º El hombre tiene derecho a vivir junto al río Vilnia y el Vilnia tiene derecho a seguir su curso cerca del hombre

3º El hombre tiene derecho a morir, pero no está obligado a hacerlo

6º El hombre tiene derecho a amar

7º El hombre tiene derecho a no ser amado, pero no es necesario

11º El hombre tiene derecho a cuidar de su perro hasta que la muerte les separe

13º El gato tiene derecho a no querer a su amo pero debe estar a su lado en los momentos difíciles

26º El hombre tiene derecho a celebrar o no celebrar su cumpleaños

32º El hombre es responsable de su libertad

37º El hombre tiene derecho a no tener ningún derecho

Evidentemente, no estamos hablando de una cosa muy seria, a pesar de que la República cuenta además de con su Constitución, con su propio presidente, su reina (elegida cada año), su propia moneda (eurouz) y su propio ejército (doce personas).

La historia se puede decir que comienza cuando, tras la independencia del país, un grupo de artistas y artesanos decide recuperar un barrio abandonado y muy deteriorado al otro lado del río -es lo que significa Užupis en lituano-, y no se les ocurre nada mejor que fundar esta original república independiente. La elección de este barrio se debe probablemente a que durante el periodo soviético ya había sido ocupado por algunos artistas que querían vivir al margen del gobierno y que compartían su espacio con vagabundos, prostitutas y gentes sin recursos. Ese estado de abandono era el resultado de un proceso que había comenzado mucho antes, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los judíos, que eran quien mayoritariamente vivían en este meandro del río, fueron deportados debiendo abandonar sus almacenes, sus casas y sus pertenencias.

El barrio, que sigue un lento pero imparable avance en su rehabilitación, se ha convertido en un punto de encuentro para todos aquellos que aún creen en la utopía, ya sea desde su conciencia de artista o bohemio. Un barrio lúdico cuyos pocos bares y restaurantes son centros de tertulia y discusión sobre lo humano y lo divino, y también un barrio donde los viajeros se aventuran con curiosidad buscando qué cosas nuevas surgen tras la esperanza de una libertad recuperada o reencontrada.

Asomarse a los viejos patios es algo donde la curiosidad llevará irremediablemente: patios o corrales, en mejor o peor estado, dentro de sencillas casas de una o dos plantas, con el suelo empedrado o de tierra, y a cuyo alrededor se distribuyen viviendas y talleres. Y mientras la mirada se detiene en la ropa que cuelga de los balcones, la imaginación cree ver gallinas buscando un grano perdido entre las losas de piedra del patio.

En la pequeña plaza que se forma en la confluencia de las calles Užupio y Malunų, encaramado en una alta columna, se levanta el símbolo del barrio y también de la capital: un Ángel dorado con una trompeta. Y como contrapunto de todo ello, en una calle cualquiera, una placa en bronce con la imagen de un bohemio de tiempos pasados que se abraza a la botella con la compañía de un indolente gato que duerme ajeno a los sueños o pesadillas de su compañero de fatigas.

Hay muchas más cosas que ver, por ejemplo ese puente que comunica el barrio y la ciudad y que, siguiendo la moda, ha llenado sus barandillas metálicas de candados con promesas de amor eterno; un convento de bernardas, el primer convento de monjas que hubo en Lituania; la iglesia de San Bartolomé, durante el periodo soviético acogió un taller de escultura, o el cementerio de los bernardinos, e incluso se podría continuar el paseo hasta el mirador para contemplar la panorámica de la capital, pero esa ya es otra historia. Ahora, lo mejor es irse de bares.




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