Comparte Tu Gran ViajeShare on Facebook80Tweet about this on Twitter3Share on LinkedIn2Share on Google+0Email this to someone

La Toscana es sinónimo de la belleza más refinada, rotundamente incontestable. Cuna del Renacimiento, por las carreteras que serpentean entre sus colinas pespunteadas de pueblos medievales y olivos descubrimos porqué esta región italiana es un regalo para todos los viajeros.

¿Queda alguien que no sepa, aún sin conocerla, que la Toscana es uno de los lugares más bellos del mundo? Si, al igual que en los tebeos, fuera posible elegir un superpoder, muchos de nosotros pediríamos el de parpadear y aparecer sentados en la terraza de una vila toscana, con una copa de Chianti joven, contemplando esos tapices ajedrezados en tonos verdes y ocres que son las colinas de Val d’Orcia. En la Toscana, cualquiera puede sentirse, además de Stendhal, Ulises: la región atesora tal cantidad de belleza, que se engarza en la memoria y los sentidos del viajero, tentándole -como las sirenas a Ulises- a quedarse allí y no regresar al hogar: y es ciertamente imposible no fantasear, estando allí, con tener una vida toscana, disfrutando del dolce fare niente más perfecto que existe: en la definición caben despertarse con el desayuno listo en una villa de San Quirico d’Orcia, una bistecca alla fiorentina en un restaurante de una piazza renacentista de Siena, leer al bardo Dante, contemplar el David de Miguel Ángel, pasear en bicicleta por las murallas de Lucca. Y, claro, siempre conscientes de que nos enmarca un escenario natural formado por colinas pespunteadas de cipreses y olivos, campos de amapola y de lavanda y, también, viñedos que dan algunos de los mejores caldos del mundo. Y es entonces, de repente, cuando las sirenas nos susurran una verdad inmutable, eterna: ¿no te mereces, viajero, la cuna del Renacimiento?

Toscana, colección de tentaciones

Afortunadamente, nos bastará con recorrer pausadamente la región y ser toscanos por unos días para ya no dejar de serlo nunca. La Toscana es un lugar ideal para ser descubierta a un ritmo tranquilo, saliendo de las autostradas y circulando piano por sus carreteras secundarias, auténticos cordones umbilicales en los que apenas encontraremos, en una sucesión de estampas tópicas y típicas, furgonetas de reparto, viejos Fiat y autobuses de línea que dan vida a la cara B de la Toscana, esa que no se ve desde las ventanas de los autobuses de los viajes organizados y en la que se funden los escenarios menos masificados y los más reconocibles..

Lucca, paseo sobre las murallas

Una maravillosa puerta de entrada a la Toscana es la más grande de sus joyas ocultas. Durante muchos años, Lucca, la cuna de Boccherini y de Puccini, fue sólo otro de esos lugares maravillosos que se otean en la distancia desde el autobús de los turistas que iban camino de Pisa, otra maravillosa ciudad renacentista más que se ocultaba en un desvío de la autopista que conecta Florencia con el mar. Pero, de repente, parece que el mundo la ha puesto en su radar: y por esto estamos todos los viajeros de enhorabuena. Lucca nos aguarda con los rasgos de carácter toscano que esperamos: callejuelas sombrías y piazzas bulliciosas donde el tiempo parece haberse detenido en el Renacimiento, parejas tomadas de la mano bajo las fachadas rosadas de los palazzos, negocios familiares -alabarderías, carnicerías, heladerías- casi tan antiguas como la ciudad misma… Pero si algo define a Lucca por encima de todo es, sin duda, las imponentes murallas rojas que la han protegido durante siglos del peso de la Historia -asedios, crecidas, guerras- y son hoy, además del mayor motivo de orgullo de los lucchesi y por donde pasa la vida de Lucca -los corredores de footing, el almuerzo de los oficinistas, los grupos de turistas-, uno de los mejores paseos peatonales de Europa. La Passegiatta de la Muraglia son cuatro kilómetros a lo largo del lienzo completo de las murallas que no podemos ni debemos dejar de recorrer; no hay mejor lugar que este para contemplar el perfil urbano de la que fue capital de una de las repúblicas más poderosas y longevas de Italia. A Lucca aún no han llegado las masas de de turistas que inundan, con naturalidad e inevitabilidad, Florencia o Pisa, así que aprovechemos para perdernos en sus calles renacentistas, subir los 230 escalones de la torre Guinigi, y sorprendernos, mientras tomamos un espresso, con la extraña arquitectura de la Piazza dell’Anfiteatro -una plaza ovalada donde las casas fueron construidas en la Edad Media siguiendo el dibujo del solar del antiguo anfiteatro romano-, la austeridad de su Duomo o de la iglesia de San Frediano. Callejeando por Lucca, no nos sorprenderá el que la revista Forbes la eligiera como uno de los lugares más idílicos de Europa para vivir.

Lucca, Toscana

Del puente del Diablo a Pisa

Los alrededores de Lucca también merecen nuestra atención: a 36 kilómetros al norte de Lucca está el hermosísimo pueblo medieval de Barga pero, sobre todo, el legendario y misterioso Puente del Diablo -Ponte del Diavolo-, a la altura de Borgo a Mozzano, una auténtica obra maestra del siglo XI que, dice la leyenda, construyó el diablo en una noche. Su silueta jorobada invita, cierto, a creer en el misterio. A apenas 25 kilómetros de Lucca nos espera una escala gozosamente inevitable: la elegante Pisa, otro lugar para la tentación, y esta casi irresistible: la de fotografiarse simulando que que se apuntala su torre inclinada -hasta Superman lo hizo en una de sus películas. Un clásico en todo pasaporte viajero que es tan solo -casi nada- la joya de la corona que encierra Pisa en la Piazza del Duomo, también conocida merecidamente como la Piazza dei Miracoli -pocas veces un sobrenombre ha hecho tanta justicia a un lugar-, donde los turistas serpentean a los pies de la catedral, del baptisterio, del campo santo y, claro, de este campanario que lleva hundiéndose en el piso desde que se inició su construcción hace más de nueve siglos. Truene o luzca el sol -porque, salvo en una mañana de enero, nunca estaremos solos en la piazza dei Miracoli- hay que pasear a la sombra de la Torre inclinada y maravillarse, también, con la antología kitch del souvenir que nos saltará a cada paso. Imprescindible, la torre inclinada es la más conocida obra maestra del arte de una ciudad que abunda en ellas: ahí están para nuestro disfrute los famosos Lungarni de Pisa -las avenidas asomadas al río Arno-, la Piazza delle Vettovaglie, el museo de San Marcos, o la iglesia de San Francisco. Pero no sólo del homenaje al pasado vive Pisa: uno de sus secretos viajeros menos conocidos se esconde en la calle Massimo D’Azeglio, un mural del pintor Keith Haring que es uno de sus últimos -y menos conocidos- trabajos.

El Lungarno de Pisa

Vista panorámica del casco histórico de pisa, el Lungarno.

Siena, carácter de barrio

Siena es para muchos lo más auténtico de la Toscana. Fue una de las ciudades más ricas de Europa durante la Edad Media, casi tan rica en estímulos como lo es Florencia y algo -pero no mucho- menos frecuentada: a no ser que recalemos en ella en una de las dos fechas en que se celebra, cada verano, la Corsa del Palio, la legendaria carrera de caballos en la que compiten entre sí los diecisiete barrios -contrada- de la ciudad. La imponente Piazza del Campo, el corazón de la ciudad, es el escenario de la carrera, que se vive con toda la pasión e intensidad que merece la ocasión -no en vano es es una de las fiestas más populares de Italia. La basílica de Santa María dei Servi, la catedral, el palazzo Salimbeni, la Torre del Mangia… El centro histórico de Siena aguanta la mirada al de Florencia, con el añadido a su favor de ser más auténtica por lo vivida: de repente un desconchón en una fachada, el rumor de un colegio o el petardeo de una olla a presión, nos recuerda que en esta obra de arte que es Siena aún viven personas. ¡Qué afortunadas!

Duomo de Siena

El bellísimo Duomo de Siena.

El skyline renacentista de San Gimignano

Entre Siena y San Gimignano hay cincuenta kilómetros jalonados de puros paisajes toscanos – bosques, olivares, un campanario aquí y allí- que terminan cuando aparece en nuestra perspectiva uno de los skylines más bellos e insospechados que existen en Europa: el que forman las quince torres de San Gimignano. El pueblo, encaramado a lo alto de una colina, llegó a tener 72 torres, que eran las residencias fortificadas -y espejo de la rivalidad entre ellas- de las familias más poderosas, enriquecidas con el azafrán. Hace un par de años se inauguró el museo San Gimignano 1300, que nos muestra cómo era la San Gimignano en el siglo XIV, su época dorada, con una maqueta a escala de la ciudad; pero tal vez pueda parecer algo redundante, habida cuenta del grado de pureza en que se conserva. Las casas desportilladas de pura piedra que se asoman a la piazza della Cisterna, la más importante, se conservan idénticas a como lo eran en el Renacimiento: ni siquiera el bullicio de los visitantes puede arrancarnos la sensación de haber viajado en el tiempo.

San Gimignano, Toscana

Stendhal sigue vivo en Florencia

Pocas apuestas más seguras que la de Florencia: tal vez sea la ciudad mas bella del mundo. Resulta casi imposible no caer al suelo, como Stendhal, con sólo pensar en contemplar la Galería de los Uffiz, el Museo de la Academia con su David, el Ponte Vecchio sobre el río Arno o la cúpula de la Basílica de Santa María dei Fiore. Si el arte tiene una capital mundial, Florencia puede en conciencia reclamar ese título. Pero aún pateada hasta la saciedad desde hace siglos por viajeros de todo el mundo, Florencia siempre se descubre con un rincón para cada uno: si donde le sobrevino el síndrome a Stendhal fue en la basílica de Santa Cruz, tal vez sea la Piazza della Santissima Annunziata, donde está el impresionante Spedale degli Innocenti, el hospital en funcionamiento más antiguo de Europa, obra de Filippo Brunelleschi, o ese chianti en la piazza dei Mercatto Centrale, el colofón perfecto a esta Toscana pausadamente inolvidable.

¡Suscríbete a Tu Gran Viaje!

Comparte Tu Gran ViajeShare on Facebook80Tweet about this on Twitter3Share on LinkedIn2Share on Google+0Email this to someone