Decálogo napolitano


Quartieri de Nápoles. © Francisco Jódar. Tu Gran Viaje a Nápoles
© Francisco Jódar
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Para unos, ciudad viva y vibrante, capital del fascinante sur de Italia. Para otros, una cochambre caótica. ¿Las dos cosas, quizá? Nápoles no te dejará indiferente

Francisco Jódar te cuenta los usos, maneras y costumbres a seguir en Tu Gran Viaje a la más pasional de las ciudades italianas. Asi es El Top 10 de Nápoles de Tu Gran Viaje. ¡Arrancamos!

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1. No te alojes junto a la Estación Central.

Sería la mejor forma de empezar tu estancia con una impresión negativa. Se encuentra en la Piazza Garibaldi, un enorme espacio gris, directamente feo, sucio y poblado por una fauna sospechosa y de aspecto patibulario. De noche sus alrededores adquieren un aire algo siniestro, y la zona no invita a volver tarde al hotel o salir a cenar. Alojarse por allí resulta práctico para acceder a los trenes que llevan a Pompeya, Herculano y demás maravillas, pero merece la pena buscarse otro lugar.

 

2. Engorda un par de kilos (o tres). Helados, pizza, pasta… La comida napolitana es suculenta, y no se limita a la santa trilogía de la cocina italiana. En Nápoles hay buenos restaurantes, y muchos puestos callejeros y pequeños establecimientos donde bordan las pizzas, los espagueti y variados manjares que merece la pena probar. Mención aparte para los dulces y los helados (deliciosos los de la Galería Umberto I, el fastuoso centro comercial del XIX situado junto a Via Toledo, la principal calle de tiendas de la ciudad). En Nápoles verás muchos niños gordos (sobre todo en los barrios populares), y no es de extrañar.

 

Pasta en Nápoles

 Mirar no engorda. Creemos…

3. Mira bien antes de cruzar. Vespas con tres ocupantes (todos sin casco). Policías indiferentes a los coches ocupados por niños que circulan sin asiento especial ni cinturón. Maniobras suicidas. Desprecio por las normas más básicas de circulación. Para conducir por las calles napolitanas hay que echarle valor, y para cruzarlas en modo peatón, también. En cualquier caso, el metro y los autobuses funcionan razonablemente bien, y la ciudad resulta abarcable a pie.

 

4. No te pierdas el Museo Arqueológico. ¿Recuerdas tus libros de Historia del Arte? En este lugar regresarán de golpe a tu débil memoria de mal estudiante. Los mejores tesoros de Pompeya y Herculano han acabado en este palacio del siglo XVI, de visita imprescindible aun para los poco amigos de los museos. Frescos, mosaicos, esculturas… La lista es abrumadora, y muchas de las obras te sonarán porque son recurrentes en los manuales escolares de todo el mundo. Cuando este humilde plumilla pasó por allí (2011), algunas de sus paredes lucían desconchones y humedades, y como mapa del museo te daban una fotocopia cutre y con instrucciones a boli. Lo más grande junto a lo más tirado: Nápoles.

 

5. Recorre el Lungomare. Cuando te abrume el estrépito de las calles napolitanas, huye al paseo marítimo entre Castel dell’Ovo (el castillo más antiguo de la ciudad, alzado en el siglo XI sobre el islote de Megaris) y la colina de Posilipo. El Lungomare es el nombre que recibe el recorrido formado por varias avenidas que se van uniendo y se abren al mar y el hermoso golfo de Nápoles, dominado al fondo por la silueta del Vesubio, engañosamente amable (es un volcán activo) y a veces desdibujada por la bruma.

 

 

Museo Arqueológico de Nápoles

El Museo Arqueológico de Nápoles: para ir corriendo

6. Sube al Vesubio. Si Heródoto, el padre de la Historia, hablaba de oídas, yo también puedo hacerlo. El día que fui al volcán que arrasó Pompeya y Herculano no vi un pimiento. Una lluvia-nieve heladora y una neblina baja y persistente que aumentaban a medida que el bus se acercaba a la cumbre nos dejaron a ciegas, y por desgracia no tenía tiempo para hacerlo en otro momento. Cuando se abrían jirones en la oscuridad –apenas por unos segundos– se vislumbraban retazos fascinantes de la ciudad y la bahía. Y las faldas de un volcán (eso sí pude verlo) siempre impresionan: lava solidificada, ausencia de vegetación, tierra oscura… Ve y me lo cuentas.




7. Piérdete por los Quartiere Spagnoli. Si no has estado en el Barrio de los Españoles, no has estado en Nápoles. Este dédalo de callejuelas largas y estrechas —abigarrado, repleto de tiendas minúsculas y pequeños restaurantes, talleres cochambrosos y lugareños tan ruidosos como gesticulantes— luce orgulloso su rasgo más distintivo: las coladas que sus vecinos tienden de parte a parte de sus viejas viviendas. El lugar (así llamado por haber albergado a las tropas españolas cuando la ciudad pertenecía al imperio hispano) tiene mala fama y se oyen muchas advertencias contra carteristas y atracadores (probablemente exageradas), pero constituye el Nápoles más auténtico, ese que huele a peluquería de barrio y vida cotidiana.

 

Quartieri Spagnole, Nápoles. Foto de Francisco Jódar

El Barrio Español. Nápoles en estado puro

 

8. ¡Respetemos a la Madonna! Nápoles está sucio. Mucho. Y repleto de pintadas. Y de Madonnas que presiden los muros de la calles desde sus hornacinas. Recuerdo la tarde en que me topé con una de estas vírgenes en una céntrica plaza inevitablemente grafiteada hasta los cimientos. Un cartel bajo la talla rezaba: “Rispettiamo almeno la Madonna!”. Y la respetaron. Lucía esplendorosa, un estallido de blancura entre la roña. Otra cosa que los napolitanos respetan: los altares callejeros de Maradona, con fotos del ídolo que desafió a los todopoderosos clubes de fútbol (Inter, Milan, Juventus) del rico e industrializado norte del país.

 

Altar maradoniano en Nápoles

Dios existe y es argent… esto, napolitano

 

9. Viaja al Imperio romano. Nápoles constituye el mejor punto de partida para acercarse a Herculano y Pompeya, las dos ciudades sepultadas (y con ello milagrosamente preservadas) por la devastadora erupción del vecino Vesubio el 24 de agosto del año 79 d. C. Olvídate de otras ruinas romanas. Aquí vas a sentirte como si de verdad hubieras retrocedido en el tiempo y vas a poder hacerte una idea muy aproximada de lo que era la existencia en aquellos días. Tabernas, casas vecinales, mansiones, burdeles… En algunos lugares es como si bastara con darle al interruptor para ponerse a hablar en latín y codearse con centuriones, esclavos y magistrados. Solo por visitarlas ya merecería la pena dejarse caer por la capital de la Campania.




10. Corona la ciudad. La urbe fundada por colonos griegos en el siglo V a.C. se despliega entre las colinas y el mar, y por esa razón rebosa de cuestas empinadas. La mejor forma de contemplarla con perspectiva es coger el funicular para subir a la colina del Vomero y apreciar desde allí sus arracimados barrios, la bahía y el omnipresente Vesubio. Ya que estás allí, no dejes de visitar la Cartuja de San Martino (una excelente muestra del barroco napolitano) y el Castel Sant’Elmo, la fortaleza que domina la ciudad, construida en 1300 y reconstruida por Pedro de Toledo, virrey español, ya en el siglo XVI.

Piazza del Plebiscito, Nápoles.

De propina, la piazza dei Plebiscito.

Y la propina. Nápoles da para mucho más: el refinado Palacio Real y la piazza del Plebiscito; la mole del Castel Nuovo; el elegante Teatro San Carlo; Sppacanapoli, auténtico eje de la ciudad vieja… Pero, sobre todo, da para empaparse de vida callejera, bulliciosa hasta la molestia, sorprendente y muy alejada de las ciudades-relicario, hermosas pero muertas.

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