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Recorrer los casi 2.500 kilómetros de la carretera N 1 es, prácticamente, circundar Islandia. Ángel Ingelmo nos abre camino.

Uno de los primeros parajes que se descubrirán es la mole del volcán Hekla, “Monte Encapuchado”, a cuya cumbre es posible subir, pero que normalmente se deja a un lado camino de Vik í Myrdal, el pueblo más meridional de la isla, y donde tres formaciones rocosas dentro del mar a unos metros de la orilla retienen el interés del viajero durante unos instantes sobre la negra arena de su playa. Lo mismo que han hecho unos kilómetros antes ante las cascadas de Skófagoss y Seljalandsfoss. Pero lo que más va a despertar su curiosidad es qué ha pasado con el volcán Eyjafalljökull, unos kilómetros tierra adentro. Pero lo que más va a despertar su curiosidad es qué ha pasado con el volcán Eyjafalljökull, unos kilómetros tierra adentro. La carretera ha sido reconstruida en las partes dañadas y sólo algunos tramos donde aún se concentran las cenizas nos recuerda la presencia de este volcán que trajo en jaque a las autoridades europeas durante unas semanas en la primavera de 2010 al tener que cancelar la mayor parte de los vuelos.

El parque nacional de Skaftafell es otra de las paradas obligatorias y que reúne todas las bellezas que distinguen la isla: un glaciar con su laguna, Skaftafellsjökull; una catarata “Negra”, Svartifoss; una laguna glaciar, Morsárdalaur, y algo realmente único, un bosque de abedules, Bærjarstadarskógur. Y lo mismo podemos decir de Jökulsárlón, que además se encuentra junto a la carretera N 1.Uno de los grandes espectáculos que brinda la naturaleza en la isla: en este caso un lago formado en unas de las lenguas del glaciar Vatnajökull y que se puede contemplar desde ambas orillas o navegando entre los icebergs en un vehículo anfibio.

Hasta llegar a los fiordos del Este la carretera no vuelve a deparar muchas sorpresas. Es una zona por la que los viajeros suelen pasar de largo, salvo una parada en Eskifjöđur o Seyđisfjörđur, dos bonitas poblaciones junto a sus correspondientes fiordos, antes de terminar en Egilssatadir, un pueblo que responde al mejor modelo islandés: un grupo de viviendas y granjas ganaderas a la sombre de una moderna iglesia, a orillas de un gran lago, y cuyo centro vital es la gasolinera N 1, cuya cafetería es el punto de encuentro de sus habitantes y donde inevitablemente habrá que hacer una parada.

A unos 200 km, el lago de Mývatn vuelve a sorprender al viajero con su abanico de opciones. Sus orillas son un muestrario de lo que una tierra volcánica como es esta isla puede ofrecer: pseudocráteres, pequeños conos producidos por burbujas de agua y gas que explosionaban al llegar a la superficie; las extrañas formaciones rocosas de Dimmurborgir, que según los geólogos surgieron hace unos dos mil años y cuyas siluetas recuerdan castillos, iglesias y todo cuanto la imaginación pueda recrear; una pequeña colina cónica, de nombre Hverfell; las pozas de lodo hirviente de Hverir; el pequeño pueblo de Reyjahliđ, con su hotel y su iglesia; varias plantas geotermales, en una de las cuales se aprovechan sus aguas para explotar una piscina; y, unos kilómetros más lejos, Krafla y su cráter de fisura, aún activo. Cuando se busque el reposo, volver a las orillas del lago, declarada reserva natural, y donde anidan numerosas especies de anátidas que alcanzan su mayor densidad durante los meses de verano, es la mejor opción: Un buen lugar para relajarse y disfrutar en este idílico paraje pueden ser los hoteles Reynihliđ y Gigur. Este último cuenta además con un restaurante panorámico junto a los pseudocráteres.

La gran competencia de Myvatn en esta parte de la isla es el Parque nacional de Jökulsargljufur, Cañón del Río Glaciar, cuya visita se suele dividir en varias etapas y afrontar a pie. Hay varias rutas de senderismo, o en 4 x 4. Una vez más, y repitiéndonos, la naturaleza virgen en todas sus formas: un cañón con cerca de 30 km siguiendo el río Jökulsa á Fjöllum; Ásbyrgi, con su típica silueta en forma de pata de caballo y la zona más frecuentada por los turistas; Vestudalur, la parte central del parque y la que ofrece una mayor variedad de parajes; Hlódaklettar, las “Rocas del Eco” con sus formaciones basálticas, y, como punto final, las cataratas de Dettifoss, con su largo cañón, y Hagragilfoss, menos visitada.

La parte norte de la isla está marcada por las poblaciones de Húsavik, cuyo pequeño puerto es el mejor punto de partida para zarpar al avistamiento de ballenas. Hay varias empresas -North Sailing (www.northsailing.is), o Gentle Giants (www.gelntlegiants.is)- dedicadas a satisfacer las necesidades de los visitantes, en la parte del puerto hay unos cuantos restaurantes con una carta muy parecida, y Akureyri, población con cerca de trece mil habitantes a la que se accederá por un largo puente y que tiene un encanto muy especial, un ambiente de ciudad en el confín de las tierras habitadas. Hay una moderna iglesia, varios museos y centros culturales, pero lo mejor para empaparse de su ambiente es pasear sin prisas por su calle principal, a partir de la oficina de turismo (www.visitakureyri.is) y estación de autobuses, donde se suceden los comercios y las cafeterías, con el fin de respirar, sí respirar, una luz única y de paso tomar un café en el bello edificio de madera pintado de azul. Y si se quieren reponer fuerzas, el restaurante Bauttin, uno de los más famosos de Islandia, o el Café Karolina.

Continuando viaje en dirección a los fiordos occidentales, la carretera discurrirá durante más de un centenar de kilómetros por un fértil valle donde las granjas se suceden con rítmica periodicidad. Los fiordos occidentales por lo general suelen quedar fuera de las rutas turísticas, ya que se trata de una región muy despoblada y con unas carreteras de tierra que exigen en primer lugar llevar un buen vehículo y, en segundo, un cierto conocimiento del medio. No obstante la experiencia de recorrer esta parte de la isla resultará una de las más profundas. La mayor parte de las agencias suelen dejar esta ruta fuera de sus circuitos, entre las que incluyen la región en su catálogo: EagleFjord Travel Service (www.bildudalur.is). La península está definida por los cientos de fiordos que conforman su orografía y por la riqueza de su fauna, de ahí que toda la zona ha sido declarada reserva natural. La población más importante y la que concentra un mayor número de alojamientos y restaurantes es Ísafjörđur, que puede tomarse como final de etapa o bien como ciudad base para emprender nuevas rutas, algunas de senderismo, por la zona. A parte de Ísafjörđur, Hólmavík, Reyjanes, Þingeyri o Bíldudalur, proponen algunos alojamientos y cafés.

La península de Snæfellsnes es el lugar donde Julio Verne imagina el volcán por el que los personajes de su novela “Viaje al centro de la Tierra” comienzan su aventura. Así que haremos una parada en Arnarstapi, donde oculto tras una colina está el literario volcán. El pueblo en sí no es más que un grupito de casas al lado de un pequeño puerto, pero qué grandioso en cuanto espectáculo: acurrucado junto a un acantilado los barcos parecen querer amarrase en unas grandes afloraciones que surgen como gigantes de sus aguas. Por cierto, un vecino del pueblo ha creado una figura humana gigante empleando la misma técnica que se utilizaría para levantar una pared o una casa. La vuelta completa a esta península es algo que no se debe dejar de hacer, a pesar de que en algunos tramos la carretera sea de tierra. Pasado Arnarstapi, paramos en Hellnar en cuya costa, además de un solitario y apartado hotel restaurante, se contemplará una pequeña cueva abierta en un acantilado donde anidan cientos de aves marinas; luego Hellissandur, Olafsvik y Grundarfjördur, tres pueblecitos de ambiente marinero cuya vida gira en torno a sus puertos y que podrán tomarse, al igual que Hellnar, de punto de partida para emprender una excursión por el glaciar de Snæfellsjökull, que se hará siguiendo una ruta de senderismo o en moto de nieve, lo más solicitado en las agencias. En cualquiera de las poblaciones y hoteles se encontrará información sobre estas excursiones en moto de nieve.

 

 

Antes de volver a Reykjavík, se imponen dos nuevas paradas: Borgarnes y Akranes. La primera, bastante impersonal, se encuentra en un lugar donde confluyen las rutas norte, sur y oeste, y salvo que se necesiten reponer vituallas o combustible el viajero no suele detenerse. Akranes se puede considerar la hermana de Reykjavik, aquella que se ha ido a vivir a la otra punta de la bahía. Es una ciudad muy tranquila que siempre ha vivido de su industria pesquera: cuenta con varias factorías de transformación del pescado y también una cementera, en la que se dará un paseo por su larga playa (Langinsandur) y se visitará su museo, donde se han reconstruido una serie de viviendas antiguas de finales del XIX y principios del XX que ahora acogen un museo etnológico. Pero lo más llamativo es la torre, que perteneció a una iglesia de Gardar, y un barco velero, construido en 1885 en Gran Bretaña.

Antes de cerrar el circuito, y buscando referencias históricas, hay que hacer una mención muy especial a Reykholt, un pequeño pueblo similar a otros muchos pero donde vivió y escribió su obra Snorri Sturluson, quien no sólo es autor de numerosas sagas –Snorra Edda, Saga de Egil-, sino que además jugó un importante papel en la política de la isla entre los siglos XII y XIII. Hoy se mantiene su recuerdo con una estatua, un museo y la pared de una casa junto una poza, que pertenecía al sótano de la vivienda donde había buscado refugio huyendo de unos mercenarios enviados por el rey de Noruega, ya que Snorri había desatendido todas las peticiones de la corona noruega para promover sus intereses en la isla, y que lograron su propósito el 23 de septiembre de 1241.


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