Londres, donde comienzan los mapas


Vista aérea de Londres con The Shard en primer plano
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Todos estamos de acuerdo en que Nueva York sigue siendo de lo más cool, que el buzz de Shanghai es atronador y sabe a futuro, y que Ciudad del Cabo, San Francisco o Sydney son casas de muñecas. Pero, a diferencia de todas ellas, la vieja y caprichosa Londres fue, es y siempre será el lugar donde comienzan los mapas, la capital imperial donde explotó el big-bang que haría de ella el centro del universo viajero.

Si el mismo Stendhal decía ir a Londres porque allí encontraba un antídoto contra el spleen, cuanto más iremos nosotros, convalecientes siempre de una nostalgia nómada que en ningún lugar como esta ciudad podremos atemperar: y no solo porque –aunque también, claro- en Londres resulte imposible aburrirse pues ofrece todo cuanto hay en la vida y, quien se cansa de Londres, está cansado de vivir (Samuel Johnston dixit), si no por la bendita certeza de que en la vida de todo viajero hay un momento en que su brújula vital marcará la posición de la ciudad. Será porque necesite financiación para una suicida expedición al corazón de Asia Central, reclutar una cuadrilla de brazos escoceses para domeñar el veld de Natal, veinticuatro lotes de prendas Burberry’s para perderse otra vez en el polo sur –caso de Shackleton– o, simplemente, seguir la huella que han dejado en la ciudad otros viajeros: Londres es la flor de lis de la rosa de los vientos, cuna, escala y tumba de los mayores viajeros, punto de salida y llegada de expediciones y periplos y donde también, detalle nada baladí, nació ese rasgo de carácter de nuestra civilización que es el turismo, esa bendita perversión del viaje que se inventó Thomas Cook al vislumbrar un futuro en el que los ingleses se transportarían en grupo por lugares ignotos con mapas que representaban un mundo pintado de color rosa victoriano.

Tejados de Londres, circa 1865
Vista de los tejados de Londres, circa 1865

Este mapa de nuestro Travelling London tiene su primera chincheta al este de la ciudad, en los Docklands (www.dockland.co.uk), una zona inmensa que se desparrama al sur del Támesis y que se pelea con otros barrios por ser lo más trendy de la ciudad: aún no lo ha conseguido. Pero no es eso lo que venimos a buscar en nuestro viaje, y sí el espíritu mismo que capturó a ese man bigger than life que fue Joseph Conrad y para quien este impenetrable y excesivo tramo del Támesis, desde el puente de Londres hasta los Albert Docks, era a otros puertos fluviales lo que la selva virgen a un jardín. Hectáreas y hectáreas de muelles y astilleros en los que, desde el siglo I y hasta los años del Swinging London, se fabricaron y botaron mastodónticos galeones, ágiles goletas, esbeltos clippers y contundentes vapores, que transportaron a las cinco esquinas del mundo tropas, excéntricos, aventureros, indeseables y desheredados, y retornaban con las bodegas repletas de lana, marfil y oro, a mayor beneficio y gloria del Imperio, de la Hudson Company, o de ambas al tiempo. Hoy, requiere algo más que un voluntarioso ejercicio de autosugestión el imaginarse que aquí, donde los refulgentes rascacielos de Canary Wharf dan sombra a viejos condominios de realojados, lujosos lofts para hipsters e inmensos almacenes desvencijados, estuviera durante los siglos XVIII y XIX el puerto más importante del mundo: de aquí partieron a descubrir de qué estaba hecha la realidad y a encontrar la inmortalidad todos los viajeros, aventureros y exploradores que han sido: Livingstone, Scott, Shackleton, Chatwin, Lewis, Dickens, Vaughn, Stark, Churchill… Todos ellos se embarcaron en muelles cuyos nombres –East India, West India, London Docks, St Catherine– siguen resonando hoy en nuestros oídos como cantos de sirena, llamándonos a enrolarnos, como hicieron también miles de británicos de toda condición -burgueses, nobles provincianos y, sobre todo, John Bulls en busca de la gloria que puliría su inglés de acentos cockney o de Wigan- que, relamiéndose el grog de la boca y tatareando el God save the queen, soñaban despiertos con cambiar de vida y de fortuna a bordo de todo tipo de barcos, pero nunca tan bellos como el más bello de todos, el Cutty Sark.

Descargando vino de Oporto en los muelles de Londres, c. 1909
Descargando vino de Oporto en los muelles de Londres, c. 1909

El clipper más famoso del mundo sufrió un incendio pavoroso en 2007, y es en esta primavera cuando podremos, por fin, volver a pasear bajo su quilla (2 Greenwich Church St. www.cuttysark.org.uk). El Cutty Sark es el único tea clipper que se conserva en el mundo: a esto debían referirse cuando decían que el vapor mataría a la navegación. Puro British Pride, el barco es una bellísima bala de velamen blanco que, casi, volaba sobre los océanos con sus tres mástiles, sus mil toneladas de carga y sus setenta metros de eslora, y todo con una finalidad: llegar a Londres desde Shangai con las bodegas repletas de la primera cosecha del año de té antes que los tea clippers de las navieras rivales, carreras (tea races) que copaban portadas y hacía millonarios a los patronos. A las espaldas del Cutty Sark, muy cerca, atravesando el parque de Greenwich, se encuentra un lugar donde parecería que se hace magia, pues divide al mundo entre Oriente y Occidente y marca, además, el comienzo de cada uno de los días de nuestra vida: el Royal Observatory de Greenwich (Blackheath Avenue, www.rmg.co.uk). Allí, resulta casi imposible hacer una foto sin que en el tiro aparezca alguien a horcajadas sobre la línea en el patio que representa el meridiano Cero, que marca tanto la Hora (así, con mayúsculas) como la separación entre los hemisferios este y oeste. Dos convenciones con las que vivimos desde 1884 y que hacen de este observatorio una app analógica, de carne y hueso -venerables cemento, piedra y cristal-, perfecta para calibrar el smartphone o ese reloj que, albricias, hemos heredado: da a la perfección la longitud -0º 0’ 0’’- y la hora –cuando el reloj del observatorio marca la hora en punto, amigo, le guste o no, es la hora en punto. Hoy, en cada atardecer, la posición de la línea del meridiano la marca en el cielo un láser verde: una línea verde que es, también, el hilo con el que se cosen los mapas.

El Cutty Sark en Greenwich, Londres
El Cutty Sark en Greenwich

Si para Virginia Wolf el mayor placer de la vida urbana era dar una caminata por las calles de Londres, hagámoslo por la reluciente y pomposa Pall Mall. Propiedad en parte de la Corona, hasta bien entrado el siglo XX un marinero podía, como la ardilla de Plinio, saltar de sede de naviera en sede de naviera –Peninsular, Oriental, White Star, Union Castle…- sin pisar sus aceras. Esta calle es la quintaesencia británica, donde la refinada Albión alcanza una de sus más altas cotas, si no la mayor, en los clubes de caballeros, esas instituciones solemnemente misóginas y elitistas en cuyos recargados y acogedores salones uno espera ser despertado a las seis de la tarde no por un lechero, si no por Anthony Hopkins o cualquiera de esos shakesperianos actores devenidos en sires o caballeros del Imperio. De todos los clubes de Pall Mall, y hay unos cuantos, dos son lugar obligado para los viajeros: el imponente Reform Club (104 Pall Mall, www.reformclub.com), donde Phileas Fogg se apostó 20.000 libras con sus compañeros de club a que daría la vuelta al mundo en menos de 80 días (compañeros que no eran, pero podrían haberlo sido pues sí fueron socios del club, Cartier Bresson, Thackeray, Barrie o Churchill), y el contiguo y legendario Traveller’s (106 Pall Mall, www.thetravellersclub.org.uk), considerado el epítome de los clubes inglesas, y al que al que también querríamos pertenecer, donde solamente el susurro de los periódicos sábana nos distraería de las ensoñaciones viajeras o de la escritura de la crónica de nuestros viajes. Sólo para viajeros: su regla número 6 exige de sus miembros el haber viajado “fuera de las islas británicas a una distancia no inferior de 500 millas desde Londres en línea recta” (no cuenta haberse desplazado a, pongamos, Aberdeen). Lamentablemente, sólo puede visitarse por invitación de un miembro. Con todo, ninguno de estos clubes es el más famoso: ese honor corresponde a un club que no existe, el descacharrante Pickwick Club cuyos papeles póstumos recopiló ese genio de la literatura e hijo predilecto de Londres que fue Charles Dickens.

El Athenæum Club, en el Pall Mall
El Athenæum Club, en el Pall Mall, se fundó en 1824 y está en esta ubicación desde 1830

No se concibe Londres sin Charles Dickens, ni viceversa: ningún escritor como él entabló jamás una relación tan íntima y absoluta con ella: todas sus novelas -menos una, Tiempos difíciles-, transcurren en la ciudad. Se cumplen dos siglos de su nacimiento, y eso quiere decir que la pasión agradecida de Londres por Dickens –de quien ya se decía en vida que era “el corresponsal en Londres del futuro”- se convierte en auténtica fiebre que salta por encima del Green Belt y salpica todo el Reino Unido de exposiciones, eventos y jornadas que exploran bajo todos los prismas esta relación simbiótica entre ciudad y autor. Para encontrar al escritor, nada mejor que poner rumbo al corazón de Bloomsbury, donde está la coqueta casa en la que vivió un par de años y que acoge el Museo Charles Dickens (48 Doughty St, www.dickensmusem.com). Cerrará por obras de ampliación a partir de abril pero, hasta entonces, podemos curiosear entre los más de cien mil –sí, cien mil- objetos personales del autor: manuscritos, primeras ediciones, pinturas, daguerrotipos, trajes…

Sede de la Royal Geographical Society en Kensington, Londres
Sede de la Royal Geographical Society en Kensington, Londres

Dickens conoció de primera mano las paredes estucadas de la mítica Royal Geographical Society (1 Kensington Gore, www.rgs.org), la venerable institución presidida por el ex Monty Python Michael Palin que pone, desde hace dos siglos, millones de libras en manos de viajeros y exploradores para cartografiar el mundo, expandir el conocimiento y contarlo a los cuatro vientos (bueno, no siempre: Shackleton consiguió de ella, a falta de fondos, que le prestaran tres cronómetros para la expedición del Nimrod al océano antártico y le dieran “toda su simpatía”). Lamentablemente sólo están abiertas al público general las exposiciones que se celebran en el Pavilion y la impersonal –por contemporánea- sala de lectura Foyle. En la nómina de miembros, amigos, patrocinados y conferenciantes de la RGS no falta un solo apellido: Stanley, Kipling, Livingstone, Darwin, Scott, Hillary, Shackleton, Burton… Y es Sir Richard Burton, tal vez el más célebre de todos los viajeros de la RGS, el que sea el que reposa de manera más original, más merecedora de su fama viajera: el infiel que dio siete vueltas a la Kaaba, que descubrió para Europa el Kamasutra, Las Mil y una noches y las fuentes del Nilo, descansa en una jaima árabe levantada en el patio trasero de la anodina iglesia de St. Mary Magdalene (61 North Worple Way, Mortlake, www.stmarymags.org.uk), en el oeste de la ciudad, en un escenario urbano corriente. La mejor muestra que en Londres la esencia del viaje aguarda en cualquier, o en toda, esquina.

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