Por el Far West español


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Te proponemos un recorrido por la Castilla más primigenia y al tiempo, la más legendaria. Una tierra donde todo era posible: bienvenido al Far West Español

Texto y fotos de Francisco Jódar

En España tuvimos nuestro salvaje oeste particular, pero no lo sabemos, porque fue hace cosa de un milenio, y la historia nos la pela. Pasada su fulgurante conquista (cuatro años, entre 711 y 715), los musulmanes renunciaron al inhóspito, pobre y bravo norte-noroeste de la Península –mucho esfuerzo y peligros, escaso rendimiento– y los pocos habitantes cristianos de la región tardaron cientos de años en hacerse fuertes y lanzarse a repoblar la meseta cercana y las tierras al sur del Duero.

Ese extenso territorio fue un desierto rasgado por razias camino al norte (sobre todo) o el sur, un páramo solitario que solo en el siglo XI, con el derrumbe del califato cordobés, comenzó a poblarse lentamente de villas y aldeas, colonos norteños y mozárabes huidos o emigrados de Al-Andalus. Aquello era una especie de far west propicio a aventureros, pioneros y fugitivos de la justicia, un escenario áspero y épico que ya habría querido para sí el cine americano.

En esas soledades (provincias de Burgos, Soria, Vitoria…) surgió en el siglo IX un pequeño condado que terminaría comiéndose al pujante reino astur-leonés tras independizarse de él. Y al de Navarra. Una entidad política de contornos borrosos (como todas entonces) que al pasar los siglos se alzaría con la hegemonía de la vieja Hispania de los romanos, un rincón que se llamó Castilla por su abundancia de fortalezas.

Mil años después, espadazos, eriales y correrías han dado paso a una tierra amable y moldeada por el hombre que en pocos kilómetros reúne una riqueza histórica y paisajística que bien merece una razia tranquila y pacífica, ese tipo de expedición incruenta que llamamos turismo. Por ejemplo, la comarca burgalesa del río Arlanza, en la cuna de Castilla, que podemos recorrer en parte si trazamos un triángulo con vértices en Covarrubias, Santo Domingo de Silos y Lerma.

Casonas restauradas, princesas noruegas y una ermita del siglo XXI

Covarrubias es un pueblo que explota con inteligencia su patrimonio histórico. De raíces prerromanas, crece a la par con Castilla y no deja de embellecerse hasta el inicio de su decadencia, en el siglo XVII. Sus calles, limpias y cuidadas, mantienen impolutas (gracias a las restauraciones) las casonas castellanas de amplios balcones y fuertes y altos muros encalados, sostenidos con vigas de madera. Es una población para pasearla con calma, y aunque cuenta con una buena “genética” (el Arlanza la atraviesa limpio y fuerte y las iglesias y restos medievales más que estimables la adornan a cada paso), debe reconocerse el esfuerzo de sus habitantes y gobernantes por mantenerla en el mejor estado y vivir de ello.

Una vivienda de Covarrubias. Foto de Francisco Jódar

 

Una curiosidad: en la Colegiata de San Cosme y San Damián se halla el sepulcro de la princesa Cristina, una noruega de sangre real que vino en 1257 a España para casarse con el infante Felipe de Castilla, hermano del rey Alfonso X el Sabio. Cristina murió sin descendencia en Sevilla, en 1262, y fue enterrada en Covarrubias. En los últimos tiempos se ha recuperado su figura: una potable novela de Espido Freire (La flor del norte) narra su historia, una estatua la recuerda junto a la colegiata y muy cerca del pueblo se ha construido la Capilla de San Olav, un edificio de moderna arquitectura levantado hace unos años para cumplir la promesa del infante Felipe a su mujer: erigir en la localidad castellana una capilla dedicada al patrón de Noruega.

 

Cristina de Noruega en Covarrubias. Foto de Francisco Jódar

Además, cada año se celebran una Romería de San Olav (29 de julio) y el evento “Notas de Noruega” (septiembre), al que acuden músicos de esa nacionalidad y durante el que se monta un mercadillo con productos típicos del país escandinavo. Si no te va el salmón ahumado, siempre te puedes refugiar en los productos de la matanza local y en un buen tinto con Denominación de Origen Arlanza.

Saliendo de Covarrubias, merece la pena coger la carretera que sigue el curso del Arlanza en dirección este hasta llegar a las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza, uno de los centros monásticos más importantes del primitivo condado de Castilla, que permaneció activo hasta la desamortización de Mendizábal (1835). Sus restos, desmoronados en un paraje tranquilo, surgen de repente tras una curva en la que se puede dejar sin peligro el coche para pasear entre la vegetación y los muros derribados que, aun así, conservan su aire majestuoso, acrecentado por la soledad del lugar, dominado por una torre que resiste los insultos del tiempo.

 

San Pedro de Arlanza. Foto de Francisco Jódar

Piedras que hablan

Apenas 20 kilómetros al sur de Covarrubias se alza el monasterio de Santo Domingo de Silos, una abadía benedictina cuyo claustro medieval alberga nuestro equivalente románico de los frisos del Partenón, las esculturas de los 64 capiteles del claustro bajo (siglos XI y XII), un conjunto de relieves asombrosos compuestos de escenas bíblicas y evangélicas (inolvidable La duda de Santo Tomás), animales y monstruos fabulosos, motivos geométricos y vegetales… Una vez contemplada esa exhibición de maestría y expresividad, uno comprende la superficialidad que hay en despachar la Edad Media como una época de oscuridad.

 

Claustro del Monasterio de Silos. Foto de Francisco Jódar

La casa del Valido

Si hay una villa española ligada a la fortuna de un político, es Lerma. Conduciendo por la A-I se ven despuntar a lo lejos las cuatro agujas herrerianas de su Palacio Ducal, una mole que comenzó a construirse en 1601 por encargo de don Francisco Gómez de Sandoval-Rojas y Borja, duque de Lerma, todopoderoso valido de Felipe III que se enriqueció a golpe de corrupción y gastó parte de su tremenda fortuna en convertir la modesta localidad en una población repleta de monumentos hechos con los mejores materiales.

 

Lerma. Foto cortesía de CitLerma

 

El Palacio, que fue cárcel durante la guerra civil y cuya planta baja albergó una ferretería y los locales de las peñas fiesteras, ha recuperado su esplendor gracias a su conversión en parador. Domina la Plaza Mayor –con sus 6.862 metros cuadrados, una de las mayores de España–, donde el duque montaba sus saraos públicos o privados (comedias, lidia de toros a caballo…), y es el edificio más importante de un pueblo que destaca por sus conventos y zona medieval, por su conjunto arquitectónico herreriano (quizá el más importante del país) y por su imperial lechazo al horno, que no debería dejar de probar.

SOBRE EL AUTOR

Francisco Jódar es un periodista todoterreno (Antena 3, Europa Press, FHM, Forbes, Muy Interesante, Revista Don…) y yonqui de la letra impresa y digital. Puedes consultar su trayectoria profesional en su página de LinkedIn, seguirle la pista en Twitter –@pek73-y, también, perderte sin prisa en Hoy libro, su célebre y recomendabilísimo blog sobre literatura y el mundo en general.


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