Gran Canaria, placer culpable


Gran Canaria. Foto © Carmelo Jordá
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Quizá a ustedes esto les parezca una frivolidad o una estupidez, pero no hay mayor lujo al viajar que llamar a casa en manga corta y disfrutando del sol y que te digan que llueve y hace un frío horroroso. Se convierte el viajero entonces en un ávido consumidor de webs meteorológicas y, con un placer no exento de cierto sadismo, te pasas el día disfrutando de unos benignos veintipocos grados –el tiempo perfecto: manga corta sin sudor- y, sobre todo, regodeándote de lo que deben sentir los pobres madrileños que andan entre la lluvia y cerca de los cero.

Sí, ya sé que esto que les cuento no habla muy bien de mí, pero los placeres con un poco de culpa son un poco más sabrosos, y eso es lo que a estas alturas del año nos ofrecen las Islas Canarias: el placer culpable de saber que no es sólo que nosotros estamos mejor que bien, sino que además allá, en la pobre península, se están helando. Sólo por ese lujo climático valdría la pena una escapada a las islas afortunadas, pero cuando uno las va conociendo descubre que hay muchas más razones para que tengan ese nombre que el buen tiempo: cada una de ellas ofrece mucho que ver y mucho que hacer y resultan destinos perfectos para cualquier tipo de turista.

Toda una experiencia

He vuelto a hacer ese descubrimiento en mi último viaje a ese rincón del Atlántico, que me ha llevado a Gran Canaria gracias a la amabilidad de Nautalia Viajes y del Patronato de Turismo de Gran Canaria, una isla de una belleza volcánica y rotunda, con un paisaje que es impactante y casi estremecedor en algunas zonas, y más amable y suave en otras; una isla que tiene mar, por supuesto, pero también montaña, bellísima; una isla con playas y dunas y campos de golf y centros comerciales y rutas en 4×4 y lugares para bucear y hoteles de lujo o de menos lujo…. Una isla, en definitiva, que tiene todo lo que cualquier viajero puede necesitar o desear.

Aunque me parece muy respetable aquel turista que quiera pasar unos días entre el buffet del hotel y la playa, personalmente prefiero aprovechar las vacaciones para hacer y ver todo lo que pueda. En este sentido, una de las cosas buenas de Gran Canaria es que casi desde cualquier punto de la isla es posible moverse con mucha facilidad y, si es usted de los míos, recorrer la costa o adentrarse en el interior montañoso. Un interior con zonas como los barrancos de Ayagures y Fataga, un paisaje que me recordaba al Gran Cañon del Colorado, con dimensiones quizá algo más modestas, de acuerdo, pero aún así capaces de quitarle el aliento. Inmensas paredes de roca volcánica muy antigua –estamos hablando de la zona geológicamente más primitiva de todas las Canarias- que se puede conocer a través de sinuosísimas carreteras con subidas y bajadas de vértigo que se asoman a caídas aún más de vértigo. O aún mejor: a través de caminos de tierra complicados por los que incluso un durísimo Land Rover sufría para avanzar entre saltos y piedras desprendidas por las últimas lluvias, mientras el conductor nos advertía de que no podíamos parar a hacer fotos por el riesgo de nuevos desprendimientos…

Gran Canaria. Foto © Carmelo Jordá

Y como no podría ser de otra forma, también hay excelentes rutas para recorrer a pie, entre las escarpaduras, las rocas y el silencio de ese paisaje impactante. Por ejemplo: la que seguimos entre las presas de Chira y Soria, en cómodo descenso si la hacen en ese orden pero en tremenda subida para los que elijan el contrario. Yo, que soy de natural sedentario, creo que es mejor plantear la ruta de bajada, no sólo por una cuestión obvia de comodidad y de mantener las pulsaciones en un rango razonable, sino porque así terminamos en la impresionante presa de Soria, una obra realmente sorprendente con sus 120 metros de pared vertical encajada en un estrecho cañón que resulta toda una Presa Hoover –ya que estamos con el río Colorado- bien que a escala canaria. Y ya de paso, se pasan por el estupendo Bar Soria, a sólo unos metros, y podrán comer buena, bonita, barata y abundante comida típica.

Hacer y ver: direcciones prácticas en Gran Canaria

Gran Canaria fue uno de los destinos turísticos pioneros de nuestro país, y eso tiene ciertas desventajas pero también alguna ventaja: una infraestructura turística madura nos ofrece muchos servicios y muchas formas diferentes de disfrutar lo que quizá en otros lugares sólo pueda ser mar y arena. Pruebas de corte heroico como construir una balsa con cuatro bidones y unos listones de madera –y que flote, oiga- o surcar el mar a una velocidad absolutamente endiablada con una lancha rápida son posibilidades que el sur de la isla ofrece a los más aguerridos; y para los que gusten de algo más relajado hay tranquilos paseos en barco “con el fondo de cristal” o excursiones para ver delfines. Entre medias de ambos polos encontrarán prácticamente cualquier cosa que se les ocurra: centros de buceo, campos de golf, hípica… y por supuesto hoteles y restaurantes para todos los gustos y los bolsillos: algunos más familiares, otros con una clientela algo más madura y también otros, llenos de diseño y modernidad, para el público adults only que no quiere verse rodeado de pequeños gritones.

Dunas de Maspalomas

La naturaleza sigue poseyendo a su manera buena parte de Gran Canaria, quizá no de la forma salvaje y oscura de Lanzarote, pero sí hay algunos rincones –lo cierto es que muchos- en los que ha logrado mantenerse en un estado casi virginal, prácticamente puro a pesar del continuo trato, casi carnal, con los humanos. Uno de ellos, quizá el más sorprendente, son las Dunas de Maspalonas, encajonadas entre hoteles y campos de golf pero resistentes y hermosas. Con una superficie de varios kilómetros este pequeño Teneré de enormes dunas no sólo es un paisaje de una belleza extraordinaria e hipnótica, sino que también es una metáfora de esa naturaleza persistente de la que les hablaba: pisadas por cientos de turistas cada día, la noche y el viento devuelven a la arena y al paisaje sus sinuosas y suaves formas anteriores; así, los viajeros que lleguen con el nuevo día tendrán, como la tuvieron los del día anterior, la sensación de que sus huellas son las primeras que rompen la quietud de la arena.

Dunas de Maspalomas, Gran Canaria. Foto © Carmelo Jordá

También uno fantasea con que así es su paso como turista por la isla: ir y volver sin dejar mayor rastro de ti pero, eso sí, llevándote dentro la huella que Gran Canaria sí deja en un viajero que siempre –y sobre todo en el crudo invierno- pensará en la posibilidad de volver.

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