Benidorm, si no cambias, mejor


Playa de Levante, Benidorm. Foto (c) Javier Olivares
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Hace ya 61 años que se vio por aquí el primer bikini en España. Y, desde entonces, apenas ha virado la vocación universal de la Manhattan europea. En primavera y en navidades es un destino más que soportable. Agosto debe de ser otra cosa.

Por Javier Olivares (texto y fotos)

 

“San Miguel, cocacola, Fanta, biaaar, guoooter”.

Desde que Alfredo Landa y las suecas campaban a sus anchas por la playa de Levante, apenas ha cambiado la banda sonora. Individuos de piel bronce, con las alforjas cuajadas de refrescos, vocean entre las hamacas de matrimonios nórdicos (ingleses, alemanes y, sí, también de Bilbao y Vitoria) que hace años se instalaron en El Rincón de Loix, la zona con mayor densidad de bañistas de todo Benidorm. Hoy, como cuando Concha Velasco rodó aquí La decente o Yo soy fulana de tal o Tony Leblanc se obsesionaba en Ligue Story, la megalópolis conserva su esencia: un clima benigno a pocos kilómetros de localidades bajo cero y un paisaje humano que todavía sorprende a los sociólogos.

Muchos dicen que el término microclima se acuñó en Benidorm. Las sierras en las que se alinean los macizos del Castellets, Sierra Helada, Puig Camana y Ponotx, paralelas al litoral (y los edificios que brotaron como churros en los años 60 y 70) escoltan el buen tiempo incluso en Navidades. Y la dichosa palabra tiene otra acepción que excita los coloquios de los meteorólogos: hay días enteros en los que el sol no se disfruta en la playa de Poniente y apenas se nubla en la de Levante, a tres kilómetros. Insólito.

En cualquier época del año, Benidorm se rebela contra la etiqueta que identifica a fuego la localidad con el mes de agosto. Como en los 70, los autobuses de jubilados de Castilla y León orientan su GPS a la segunda ciudad con más rascacielos por metro cuadrado del mundo, después de Manhattan (el skyline, de su padre y de su madre, también se estudia en las escuelas de arquitectura). Por el paseo marítimo, los imsersos hacen de las conversaciones con la familia por móvil una letanía:

–¿Hace frío en el pueblo, hija? Aquí, 23 grados. Hoy hemos estado en Altea. Y mañana vamos a las Fuentes de S’Algar.

Las excursiones por si acaso (“por si acaso los niños se cansan de playa”, “por si acaso llueve”, “por si acaso está la playa llena”) se reducen a ese par de enclaves, para todos los públicos y a Mundomar, Terra Mítica y Aqualandia, pensados para las nuevas generaciones. La Torre Punta de Cavall y el Tossal de la Cala completan la oferta para los que siempre llevan las zapatillas en la maleta.

Porque, será por magia, será por herencia boca-oreja, el personal se renueva. Basta asomarse a una orilla, donde una pareja que parece extraída de cualquier reality de la MTV se fotografía por turnos con otra que también marca cirugía pectoral y luce experimentos de peluquería. Ella y él. A sus pies, niños de cubo y pala. Más allá, otros jóvenes también esculpidos ojean su biblia: la revista SportLife, con un título delator en este número de abril: “Cómo marcar abdominales”. Un dato más, también hemerográfico, acaba de dibujar el perfil viajero de esta franja de arena: los quioscos de la playa agotan el Marca cada día. Y son las adolescentes quienes lo compran. Cosas del Rincón de Loix.

El atardecer concita a todas las tribus en el paseo marítimo: los andarines que recorren los seis kilómetros de las dos playas hasta el Gran Hotel Bali, al final de la de Poniente, (siguen cobrando 5 euros por subir al mirador de la última planta, a pesar de que dejó de ser la construcción más alta de España cuando se inauguraron las torres de la Castellana, en 2006); los jubilados que eligen merendero para bailar pasodobles (no siempre hay sitio en la cafetería Las Arenas, donde actúa María Jesús, la del acordeón y Los Pajaritos); exuberantes jóvenes de ambos géneros que bailan o patinan o asaltan a los viandantes para entregarles flyers con los que reclutan público para Ku, La Mar Salá, Km, Penélope o Manssion, en su delegación costera, versión pub, o en la de discoteca de siempre, en las afueras.

Cuesta abandonar el litoral, porque el ambiente ya es suficientemente ruidoso y pintoresco: en Heart Break, por ejemplo, la música en vivo concita dos o tres centenares de curiosos en círculos concéntricos alrededor de la terraza. Hay un reclamo universal en todos los garitos costeros: el mojito a cinco euros.

En paralelo al mar y a la Avenida del Mediterráneo, en la calle Gerona, el paseante asiste a una ensalada de nacionalidades y músicas. Casas de apuestas llenas de extranjeros. Comercios de chinos al por mayor, pizzerías, bares de moteros, despedidas de solteros devotos del anabolizante, comercios de camisetas por dos euros. Toros mecánicos y mucho Happy hour, mucho dos por uno. Los afluentes de las calles Ibiza, Mallorca, Londres también están tomados por los británicos.

Playa de Poniente, Benidorm. Foto (c) Javier Olivares
Playa de Poniente de Benidorm. Rompeolas de media Europa. Por eso nos gusta. Foto © Javier Olivares.

Aquí y allá, jóvenes de Zaragoza, o Valencia, o Sevilla, desde la terraza del piso de alquiler (o de los papás de alguno) llaman la atención de las erasmus para que se sumen a la fogosa fiesta. Camino del casco viejo, paseo recurrente, se alternan las heladerías y los cafés de época; proliferan tiendas de todo a un euro (“por liquidación”, “por inauguración”, “por inventario”…) entre las que cuelgan las colchonetas de playa en la fachada y los bares que cuelgan reclamos de menús económicos: el que no viene a Benidorm será por tiempo, no por dinero. En el mirador de Punta del Canfali que sirve de meta a la caminata y de frontera entre ambas playas hay cola para bajar y fotografiarse. Ahí es donde el viajero comprueba que en Benidorm hay 125 hoteles y 100.000 residentes.

La ciudad que vio el primer biquini en 1952, vuelve a estar de moda. La vida sigue igual: ya lo vaticinó Julio Iglesias en el nostálgico Festival de la Canción de Benidorm que ganó, en 1968. Hoy, la tendencia releva a la caspa incluso en lo musical: la cantante Soraya acaba de grabar aquí su nuevo videoclip. Y los veraniegos Electrobeach y Low Cost Festival son testigos de la renovación del personal. ¿La vida sigue igual?

Sobre el autor

Javier Olivares, periodista y viajero madrileño, es subdirector de La Factoría de Prisa Revistas.



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