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Las eternamente duraderas impresiones de un chapuzón en ese pozo de realidad fantástica que es Delhi, la capital de la India.

En el vestíbulo del aeropuerto de Delhi, las zanjas profundísimas de las obras de una cafetería no tienen más señal de aviso para incautos que las huellas que alguien ha dejado sobre el suelo húmedo y un montón de escombro, apilado con el mismo cuidado que lo hubiera apilado yo: es decir, ninguno. Fuera, el bochorno de la madrugada no tapa el olor a combustible quemado ni reduce el sinsentido lógico del tráfico de esta ciudad infinita en la que los vehículos se comportan como glóbulos en las arterias de un cocainómano. Pero no hay accidente alguno, como tampoco un solo coche sin abolladuras y raspones de chapa: coches pequeños, utilitarios Tata, modelos japoneses y coreanos con motores de un litro o menos, entre los que se cuela alguna berlina derivada de utilitario de las que se venden fuera de Europa y clones de taxis londinenses. Todos son vehículos modernos: no circulan coches viejos, como en África o en América, así que deduzco, con la arrogancia que se espera del viajero recién llegado, que hubo un buen día en el que India, de repente, se despertó motorizada. Motos, triciclos a motor, autobuses y camiones; la noche y el cansancio no me dejan ver nada más que vehículos e hileras de lucecitas LED que fingen señalizar las aterradoras obras del nuevo metro y que descubriré, a la luz del día, que se levanta o se entierra a paletadas. Los controles de seguridad de acceso a mi hotel son estrictos: su gemelo de Mumbai sufrió un ataque terrorista hace unos meses, un Die Hard real que dejó ciento setenta y tres muertos, así que agradezco que los guardas miren con un espejo los bajos del autobús, pasen mi equipaje por los escáneres un par de veces, me cacheen bruscamente.

A la mañana siguiente, ahora sí, soy capaz de saludar a la India. No tardo en olvidar el suntuoso jardín del hotel en que se esconden los fumadores, o la celeridad del servicio en adelantarse a mis necesidades. Los cuarenta y tantos grados me envuelven como lo haría una venda, y me enfrento a mi estampa de viajero convencional con cierta percusión en mi conciencia. Aún no sé que mi estancia en India va a ser quirúrgica pero qué otra cosa cabía esperar porque, si no es así, los turistas no venimos, incluso quienes creen estar al cabo de la calle por devorar cuencos de curry en cualquier esquina. Todos quieren experimentar el que haya alguien que abra el grifo del lavabo en su lugar, pero ¿oler vahídos de mierda? Pues eso también: ninguna anécdota de un viaje a la India está completa, claro, sin mencionar el olor. De un modo condescendiente y presuntuoso, lo justo para que nadie nos llame la atención cuando usemos el recuerdo para presumir a la vuelta y convirtamos esa bofetada de mundo en un pie de foto que pespuntee los miles de fotos de cámara digital que desfilarán por nuestro televisor coreano de penúltima generación; miles de fotos de las que más de una y más de cien -en cualquier caso, más de las que debieran- mostrarán una pobreza tan extrema que pierde todo su sentido sólo por ser contemplada.

El camino de Nueva Delhi a Delhi me lleva por avenidas anchas cortadas por rotondas donde no hay semáforos y a las que se asoman mansiones en las que vivían los altos funcionarios del Imperio Británico en un aceptable estado de conservación, y que hoy ocupan otros poderosos, los que toquen. El autobús se cae en Delhi, la ciudad vieja, y es entonces, como respondiendo a la orden de un invisible regidor de televisión, cuando aparecen de un plumazo los tenderetes de los que cuelgan andrajos de carne, guirnaldas de envases de tabaco para mascar y cantinas en las que no se vende alcohol. Son edificios apiñados unos contra otros de dos, tres alturas, estrechos y jodidamente insalubres, paredes de bloques de hormigón crudo, de ladrillo sin enfoscar, con azoteas minúsculas en las que hay clavadas parabólicas abolladas a martillazos de las que cuelgan cuerdas para tender la ropa, o la ropa misma; de vez en cuando alguien aparece para no dejarse ver durante más de un segundo o dos. Las calles están asfaltadas pero el que lo sea para vehículos es una suposición mía, una fantasía de publicista: no las cruzan vacas porque no se les permite entrar en la ciudad, pero sí personas que caminan por ella con la tranquilidad y comodidad con que caminarían por el salón de su casa, si tuvieran salón, o casa, o tranquilidad. Nadie se inmuta, ni siquiera yo: levantan sus motos para que un carro pase, y los peatones se arrojan al hueco que separa el autobús del camión con la parsimonia y la determinación de los suicidas. Frenazos y frenadas y frenar sin más: nunca pasa nada. En las fachadas de los comercios hay letreros escritos en un alfabeto que no entiendo, los cables de los servicios van de poste a poste y de cuadro de luces adonde sea como pasta arrojada a una pared para comprobar su punto.

Alguien pone ante mí una caja con pulseras. Subo las escaleras de Jamma Manjid, tras haber cruzado un arco y pitado sin que el guarda –un tipo de una edad indeterminada, flaco- me haga caso alguno. Dejo mis zapatillas en un montón de calzado a la entrada y no me siento mal por pensar en que me las pueden robar. Hace calor: camino por la explanada de la mezquita, atiendo aplicadamente las prolijas explicaciones en cristalino inglés de un guía, hago fotografías malas de encuadres sin interés. Salgo, me calzo y observo a un grupo de turistas eslavos pero, sobre todo, observo la esquina de la calle, doblada sin precaución por rickshaws cargados de sacos de cemento, coches, motos; edificios de ventanucos ínfimos, un velo gris que lo tapa todo, el chasquear de dedos que alguien apoyado en un dintel dirige a un par de chicos, quienes se pierden por la abertura de un muro hacia un solar contiguo. Paso sin mudar el gesto entre los vendedores que me ofrecen elefantes de madera, pulseras, sin mirar apenas al bebé enfermo y deforme que la niña blande ante mí. Es el primer bebé, el primer deforme, de los muchos que me cruzaré y a quienes no miraré y no limosnearé; solo recordaré, con un pinchazo claro y justo de vergüenza.

Clemente Corona

Editor

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