Cristóbal Colón sí comió aquí


El Alcázar de Colón, en Santo Domingo
El Alcázar de Colón, en Santo Domingo
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Comencemos expandiendo los tópicos y dando por bueno, y muy acertado, el claim oficial de la República Dominicana, ese que dice que Lo tiene todo: sigan leyendo y comprueben cómo es cierto.

Durante un tiempo miramos desde este lado del Atlántico a la República Dominicana como un Caribe amable y, sobre todo, realizable: el Caribe al que se iba Curro y al que, previo a su llegada, ya habían llegado las grandes empresas hoteleras mallorquinas, machete en mano, a construir completos complejos turísticos en los que nos prometían unos días en el Paraíso por poco dinero. Y así fue. Hoy ya sabemos que, aunque la mitad de la costa del país la bañe el océano Atlántico, la República Dominicana sigue siendo escenario de la culminación del sueño caribeño de miles de españoles, pero también, el de la realidad de un país que, aún conjugando los tópicos asociados al Caribe -ese que habla de playas infinitas de arenas doradas, gentes amabilísimas, ritmo lento donde lo que importa es disfrutar de la vida, etc, etc, y etc-, los estira al máximo para descubrirse como un país que, más allá de esa lectura amable y rápida, es también una de las economías más pujantes del Caribe y, sobre todo, un universo que se desdobla sobre sí mismo para que quepan en él muchas más cosas de las que contienen esos maravillosos resorts en los que, qué demonios, todos -incluso este viajero que les habla- hemos fantaseado con quedarnos para siempre y dejarnos mecer y acurrucar por esa colección de tópicos. Pero el ADN del viajero le empuja a salir, le obliga a dejar por un momento la envoltura luxury para otear más allá del recinto del resort y descubrir, y pasmarse, ante un país que, además de ese “todo” del claim -cultura y gastronomía, playas e historia, naturaleza y deporte- exuda sobre todo ese perfume a paraíso que, por más que viajemos, por más que aprendamos y por más que queramos, para nosotros siempre estará en una playa del Caribe donde el idioma que se hable es el nuestro. Pidamos que nos pongan a enfriar el champán y salgamos de nuestro hipnotizante resort a darnos de bruces con esa parte de la isla de La Hispaniola que no acaba en las playas.

Sin ser Caribe, no hay Caribe más Caribe que el de Punta Cana

Punta Cana, al este del país, es el epítome del concepto de Caribe desde mediados del siglo pasado, cuando fue “re-descubierta” por privilegiados potentados estadounidenses, que pusieron en el mapa de sus vacaciones esta porción de Edén. Poco después comenzaron a materializarse los sueños de todos: los de sus habitantes, que vieron cómo la belleza de su tierra también les beneficiaría, y la de los millones de turistas de todo el mundo que, desde entonces, han descubierto que sí, que a veces las fotos de los folletos de las agencias de viaje son reales. ¿Las estampas? Ahí están los más de ciento cincuenta kilómetros de playas, rematados al norte en Playa Bávaro, donde no falta de nada de lo que usted está pensando. Fuera de su resort encontrará la naturaleza dominicana en todo su esplendor en el Parque Ecológico de Ojos Indígenas (que es, además, propiedad de uno de los grupos turísticos más importantes), seiscientas hectáreas de bosque subtropical que albergan más de quinientas especies de plantas exóticas y caminos que bordean once lagunas naturales. Si quiere nadar con delfines, podrá hacerlo en el Parque Isla de los Delfines, localizado entre la playa y la barrera coralina de Bávaro. Al sureste de Punta Cana aguarda Boca de Yuma, una bucólica población de pescadores que, nos aseguran, fue refugio de corsarios: y no cuesta creer las historias de tesoros olvidados por el tiempo contemplando los riscos de coral, las cuevas submarinas, y el queo de las pelícanos, que parecen guiarnos a ese cofre de monedas que sólo ellos saben dónde están.

El Alcázar de Colón, en Santo Domingo
El Alcázar de Colón, en Santo Domingo

Si lo que el cuerpo le pide es historia, date una vuelta por el Museo Casa-Fuerte Ponce de León, levantado por el famoso explorador Juan Ponce de León en 1508 y cuya rotundidad castellano-renacentista, rodeada de frondosidad, realmente impresiona; o, desde luego, Higüey, fundada en 1494 por el colono español Juan de Esquivela. Higüey es el hogar de la basílica de nuestra Señora de la Altagracia, patrona de los dominicanos, y aunque fue la capital de uno de los más importantes reinos taínos -los moradores originales de la isla-, no queda mucho hoy en día de ese esplendor y si el bullicio de una ciudad con una mezcla de arquitectura tradicional y moderna; una gran manera de comprender mejor la manera de vivir del dominicano. Pero de todos los lugares, hay uno que sobresale entre el resto: Santo Domingo. Durante años, la capital del país era olvidada entre los millones de turistas que visitaban el país pero eso, afortunadamente, ya no es así y la ciudad está donde merece, en la ruta de todos. Fundada en 1498 por Cristóbal Colón, y distinguida por la UNESCO como Lugar Patrimonio de la Humanidad, el casco viejo de la ciudad -conocido como Ciudad Colonial– es un espectáculo de construcciones de la época colonial -el Alcázar de Colón, el Fuerte de Ozama, la Catedral-, calles adoquinadas al más puro estilo castellano y cierto aroma de época al que los cláxones, el guirigay de los vendedores ambulantes y una humedad relativa elevada tamizan de puro exotismo. El Malecón de la ciudad hace buena la metáfora de “arteria”: tráfico, comercios, restaurantes y pequeños casinos, barullo y buscavidas: pura ciudad caribeña, en definitiva. Tanto que, si le parece conocido, sepa que tal vez sea porque ha servido para incontables rodajes como el malecón de La Habana. Pararelo a él corre la calle más importante de la ciudad, la Avenida de la Independencia. Y ya que estás aquí, no dejes de visitar la Plaza de la Cultura, dentro de un inmenso parque, donde se yerguen varios museos, además de la Biblioteca Nacional y el Teatro Nacional.

 

El Fuerte de San Felipe fue construido en el siglo XVI
El Fuerte de San Felipe fue construido en el siglo XVI

El norte del país es más relajado. Hay destacable infraestructura turística en su ciudad más importante, Puerto Plata -para empezar, el aeropuerto-, pero nosotros nos quedaremos con el Fuerte de San Felipe, en el malecón, construido por los españoles en el siglo XVI para protegerse de los piratas. Otro clásico de la ciudad es el teleférico que sube a la cima del Monte Isabel de Torres, el cual ofrece espectaculares vistas de los alrededores y del Océano Atlántico. Pero la auténtica estrella del norte es la Península de Samaná, una de las regiones más bellas del país y una de las visitas obligadas, cuyas excelencias -playas vírgenes de aguas turquesas, montañas frondosas cubiertas de cocotales, manglares, bosques tropicales…- son cantadas por todos: no faltará quién le ofrezca ir, y no deje de hacerlo. Las cascadas de Samaná son uno de los lugares más visitados por los dominicanos, que lo eligen como destino de su luna de miel; las reservas de manglares del cercano Parque Nacional Los Haitises, la isla de Cayo Levantado o el cercano Santuario de las Ballenas, donde miles de ballenas jorobadas regresan durante el invierno para reproducirse, son hitos que, una vez aquí, lamentará no conocer en caso de que no lo haga porque, ¿quién sabe cuándo podrá volver a escaparse a un paraíso donde coexisten ballenas, Colón, algunos de los mejores rones del mundo… y tantas playas como te quepan en la imaginación: No puedes negar que la mezcla no es fascinante. No dejes de aprovecharla…

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