El Rey de Manhattan: El Empire State Building


La historia del Empire State Building
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Cuando, en una de las escenas más célebres de la historia del cine, Cary Grant y Deborah Kerr se citaron en su azotea para jurarse amor eterno, el Empire State Building ya llevaba décadas aupado en lo más alto de un podio del que desde entonces no se ha bajado: el de ser el rascacielos más famoso del mundo.

De todas las agujas que pespuntean ese bosque de lanzas que es la isla de Manhattan, el Empire State Building es, de largo y por largo -más de 400 metros-, la más célebre. Es un lugar común, al referirse a él, citar un estudio de la Cornell University que, por su ubicuidad, parece ya una leyenda urbana en lugar de lo que realmente es, un estudio empírico que demuestra que el edificio es el lugar más fotografiado del planeta. Algo que no puede extrañarnos cuando ascendemos en unos pocos parpadeos a su azotea -la misma que ha visto tantos besos de cine, tantas persecuciones y en la que se amarraban los dirigibles alemanes- y competimos con decenas de visitantes por disparar nuestra cámara, por fotografiarnos a nosotros mismos con nuestro smartphone… Por dejar constancia, en definitiva, de que también nosotros hemos estado ahí, en lo más alto del segundo rascacielos más alto de Manhattan -aunque fue el primero: desde su inauguración en 1931 hasta 1972, que se inauguró el World Trade Center, y desde la destrucción de este en 2001 hasta 2012, en que fue superado por el One World Trade Center.

Pero no siempre esta esquina de la Quinta Avenida y la calle 34 Oeste en la que se levanta este totémico hijo de Nueva York fue su hogar. Antes que él hubo una granja -a finales del siglo XVIII- y, a finales del XIX, el Waldorf-Astoria Hotel, el punto de encuentro de la élite neoyorquina -“Los Cuatrocientos”, les llamaban- que apuntalaban el poder de la ya entonces ciudad más importante del país en los recargados salones que, pocas décadas después, caerían bajo la piqueta en plena Gran Depresión para, el 22 de enero de 1930 ponerse la primera piedra del que sería, sin saberlo entonces, el edificio más reconocible de Nueva York. Pocos meses después -el 1 de mayo de 1931-, se cortó la cinta inaugural del edificio y, pulsando un botón desde la Sala Oval de la Casa Blanca, en Washington, el presidente Hoover inauguró el juego de luces que tanta fama le dio al edificio -recordemos cómo, con motivo de la victoria de España en la Copa del Mundo de Fútbol de 2010, el edificio se “vistió” con los colores de la bandera española.




Guerra por las alturas

Shreve, Lamb y Harmon, uno de los mejores estudios de arquitectura del país, diseñó el primer perfil del edificio -dice la leyenda que en sólo dos semanas-, y la empresa Starrett & Eken Bros lo construyó. Ese diseño sufrió hasta dieciséis modificaciones durante las obras, en las que se emplearon más de 60.000 toneladas de acero, 200.000 metros cúbicos de piedra caliza de Indiana y granito, 10 millones de ladrillos, y 730 toneladas de aluminio y acero inoxidable. Y, sobre todo, una fuerza laboral de más de tres mil cuatrocientos trabajadores, principalmente emigrantes europeos y, también, centenares de indios Mohawk, provenientes de una reserva cercana a Montreal, en Canadá, y expertos en trabajar con el acero a grandes alturas: cinco vidas fue el tributo que se cobró la construcción del rascacielos.

Y es que los Locos Años Veinte fueron una época dorada para la arquitectura civil en Estados Unidos. La eclosión de estilos e influencias, la fortaleza económica de las gigantes corporaciones de la época, el empeño filántropo de grandes fortunas… Todo ello hizo posible que, de costa a costa, el país se llenara de hitos arquitectónicos; y era en Manhattan donde esa efervescencia era más visible que en ningún otro lugar. Todos querían tener el edificio más alto del mundo: y el Empire State Building es fruto de esa ambición. Otros dos edificios señeros de Nueva York, en plena construcción cuando arrancaron las obras del Empire State Building, competían por el título. Eran el 40 Wall Street y el Chrisler Building. Cada uno de los dos competidores tuvo ese título durante menos de un año, hasta que el Empire State Building les superó en plena construcción. Incluso en aquellos tiempos el hecho de que el edificio fuera terminado antes de tiempo y por debajo del presupuesto planeado fue toda una noticia. En lugar de construirlo en dieciocho meses, el constructor lo hizo en quince; y en lugar de los estimados 43 millones de dólares, el costo final atendió a algo menos de 25 (y 372 millones de dólares de 2012), debido a la reducción de costes y tarifas que trajo consigo la Gran Depresión. Pero, aunque la ciudad se felicitó con orgullo de, en plena Gran Depresión, de ser adornada por el edificio más alto del mundo, la aventura empresarial no salió como se esperaba. El edificio no fue rentable hasta 1950: los neoyorquinos se referían a él como el Empty -vacío- State Building, pero solo un año después su venta se convirtió en la operación más elevada del sector inmobiliario en la historia.




El único vértigo, en las cifras

El Empire State Building se eleva hasta los 381 metros de altura en 102 plantas, e incluyendo los 62 metros que mide el pináculo que corona el edificio y que fue construido para servir de atracadero de los zeppelines, la altura total llega a los 443’09 metros. La superficie comercial, en la que trabajan diariamente más de 21.000 personas -lo que le convierte en el segundo edificio de oficinas más grande del país, tras el Pentágono- mide más de doscientos mil metros cuadrados en ochenta y cinco plantas; en la 86ª se encuentra el observatorio, visitado por miles de personas al día. El Empire State Building fue el primer edificio en superar las cien alturas, y el resto de cifras impresiona igualmente: 6.500 ventanas, setenta tres ascensores -que emplean menos de un minuto en llegar al piso 80- y 1.860 escalones desde el nivel de la calle hasta el piso 102 y que anualmente son escenario de una de las carreras más conocidas del mundo, la Race to the Top. El edificio tiene más de 113 kilómetros de cañerías y 760 kilómetros de cables eléctricos y pesa, aproximadamente, 340.000 toneladas. Cifras ingentes para un gigante protagonista del perfil urbano de Nueva York y, por extensión, del mundo. Compruébelo en primera persona: viaje a Nueva York, diríjase a la esquina de la Quinta con la 34 Oeste, ascienda al observatorio del Empire State Building y contemple Manhattan a sus pies. Eso que sientes en este momento es el Empire State of Mind que cantaban Jay Z y Alicia Keys. Welcome to the Top of the Hill.

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1 Comment

  1. […] ubicación céntrica fue ideal para movernos por la ciudad), lo primero que hicimos fue subirnos al Empire State Building que nos estaba esperando desde hacía mucho tiempo… impresionante, teníamos ante nosotros las […]