Mañana de invierno en Pretoria


Pionera böer en el Voortreker Monument, Pretoria
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La luz del invierno austral, el espíritu de los pionero böer y, siempre, Mandela. Así descubrimos Pretoria una mañana de invierno austral.

Pretoria, a apenas cincuenta kilómetros de Johannesburgo, es una de las tres capitales de Sudáfrica, en concreto, la administrativa (la legislativa es Ciudad del Cabo, y la judicial es Bloemfoentein). Lo primero que descubro en la ciudad es toda la herencia böer la Casa de Paul Kruger (60 Church Street, abierta toda la semana hasta las 17h) uno de los personajes más importantes de la historia Böer (fue presidente de Sudáfrica a finales del siglo XIX), y que te sonará porque es quien da nombre al uno de los mejores parques nacionales del continente. La casa es una construcción modesta que pasa inadvertida y en la que te vas a encontrar los enseres de rigor: los muebles originales, sus objetos personales, sus libros, su guardarropa… La visita no te robará mucho tiempo, y siempre resulta interesante. Si caminas por Church Street (una calle muy transitada pero tampoco especialmente destacable) irás a dar con el centro neurálgico de la ciudad, Church Square, una plaza dominada por la estatua de Kruger y en cuyo césped toman el sol, un suave y agradable sol invernal de la mañana, estudiantes, paseantes y viajeros, que se fotografían ante la estatua, ante una furgoneta colorida que vende helados o ante dos edificios históricos: el Raadsaal, el antiguo parlamento de Transvaal (la república boer) y el Tribunal de Justicia, en el fue juzgado Nelson Mandela en 1963.

Panorámica de Pretoria desde el Voortreker Monument

Como digo, la mañana es fresca y despejada: así que las vistas de la ciudad que disfruto en lo alto de la colina donde se yerguen los Union Buildings, la sede del gobierno del país, me hacen creer que los rascacielos del centro se encuentran más cerca de lo que realmente están. La colina es el punto más alto de la ciudad: y el conjunto arquitectónico que forman “los edificios” (una expresión que tiene en Sudáfrica el mismo significado que para los españoles “La Moncloa”) es todo lo grandilocuente que cabe esperar: mucho mármol y piedra, jardines impolutos, y muchísima carga simbólica. Es aquí donde tienen lugar las ceremonias presidenciales de investidura, y aquí transcurrió, en mayo de 1994, el discurso más famoso de Mandela: Joseph, mi conductor, me dice que más de un millón de personas abarrotó los jardines para dar la bienvenida a la democracia. Hoy, apenas somos un puñado de paseantes los que escrutamos el horizonte de la ciudad: los vendedores de los puestos que hay a la entrada del complejo -bisutería, marroquinería, máscaras– me aseguran que sí, que ese león que tanto miro y remiro y sopeso quedaría de fábula sobre mi escritorio y, naturalmente, está tallado en ébano.

Entrada al  Voortreker Monument

Joseph me señala en la distancia, al otro lado del valle en que se asienta Pretoria, una mole en lo alto de un monte, y me dice que ahí vamos ahora: es el monumento a los pioneros böer (el Voortreker Monument, abierto todo el año de 8h a 17h. Entradas: 35 rands) que a mediados del siglo XIX cruzaron el país desde Ciudad del Cabo hasta estas tierras en el Gran Trek, (la marcha de los boer hacia el interior del país, con la misma carga mítica y fundacional que la Conquista del Oeste en Estados Unidos) luchando entre ambos puntos tanto con ingleses como, sobre todo, los habitantes zulúes  a quienes conquistaron estas tierras. El Voortreker es un lugar con cierta carga polémica, una suerte de reserva espiritual de la Sudáfrica böer, pero también es verdad que, ahora mismo, hay visitantes de ambas razas. Asciendo la escalinata hacia la mole, un cubo imponente de cuarenta metros de lado, a cuya entrada me sonríen dos chicas vestidas como las mujeres de los colonos boer. El monumento tiene tres niveles: en el bajo, una exposición con dioramas sobre la marcha y un gran féretro de mármol en el que se lee en boer la leyenda “Por ti, Sudáfrica”, y a la que ilumina un rayo de sol que se cuela por una abertura de la cúpula, sesenta metros más arriba, cada 17 de diciembre. En la entreplanta, hay murales; y en la azotea -a la que subo en ascensor: demasiados escalones incluso para un ex-fumador como yo- me relajo contemplando cómo empieza a atardecer con esa luz austral tan especial.


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