El perfume de Marrakech


Plaza de Yamaa el Fna de Marrakech. © Tu Gran Viaje
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Uno de los vórtices del universo se encuentra, sin duda, en Marrakech. Puerta del desierto, cumbres nevadas, oasis frondosos, y una plaza donde cabe el mundo… ¡Cuánto nos gustaría guardar su esencia en una botella, y destaparla como el genio de las leyendas bereberes!

A gasolina sin plomo de los ciclomotores, a cordero a la brasa, a menta y cardamomo, y a naranjos: el perfume de la Puerta del Desierto, la Ciudad Rosa, Marrakech, es simplemente embriagador y emana de su corazón, el vórtice del universo que es la plaza de Jmaa-el-Fnaa, donde cualquiera que pisa -sea un rey conquistador, una celebridad de Hollywood o, simplemente, uno de nosotros- se queda hipnotizado ante el espectáculo de la vida misma que transcurre ante sí a casi cualquier hora del día y de la noche, en un espectáculo sin fin que comenzó hace muchos siglos y al que no hay globalización que pueda arrumbar: el show es de los saltimbanquis, los sanadores, los cuenta-cuentos y los sacamuelas, los pícaros vestidos de bereberes que arrojan monos y serpientes a los turistas y de los carromatos-restaurantes, que, en cuanto cae la tarde, aparecen de no se sabe dónde para llenar la explanada de tentaciones que humean y aromatizan -cordero, brasas, encina- la plaza entera; un olor a Mil y una Noches que impregna todo y que serpentea por el inmenso y adyacente zoco de la ciudad, otro centro del universo de callejuelas que volverían loca a Ariadna.

Perfume de Marrakech. Tu Gran Viaje

Allí, el perfume se enriquece con los aromas de los millones de piezas de cuero sin debastar de los curtidores, con el de los de los infinitos sacos de especias de colores imposibles propiedad de tenderos que no tienen prisa alguna para venderlo, y con el de la menta y la hierbabuena bullendo bajo golpes de muñeca de té en cualquier esquina del zoco; y, cuando cae la madrugada, es el turno de los naranjos que se adivinan detrás de los muros de los riads, del palmeral del hotel Maomunia, de los jardines Marjarelle que cultivó Yves Saint Laurent. El perfume de Marrakech debería ser, como lo es su plaza, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

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